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¿VERDAD O MENTIRA?

mentirasRecientemente he leído el siguiente cuento, titulado “El Gran Palacio de la Mentira”. Dice así:

“Todos los duendes se dedicaban a construir dos palacios, el de la verdad y el de la mentira. Los ladrillos del palacio de la verdad se creaban cada vez que un niño decía una verdad, y los duendes de la verdad los utilizaban para hacer su castillo. Lo mismo ocurría en el otro palacio, donde los duendes de la mentira construían un palacio con los ladrillos que se creaban con cada nueva mentira. Ambos palacios eran impresionantes, los mejores del mundo, y los duendes competían duramente porque el suyo fuera el mejor.

Tanto, que los duendes de la mentira, mucho más tramposos y marrulleros, enviaron un grupo de duendes al mundo para conseguir que los niños dijeran más y más mentiras. Y como lo fueron consiguiendo, empezaron a tener muchos más ladrillos, y su palacio se fue haciendo más grande y espectacular.

Pero un día, algo raro ocurrió en el palacio de la mentira: uno de los ladrillos se convirtió en una caja de papel. Poco después, otro ladrillo se convirtió en arena, y al rato otro más se hizo de cristal y se rompió. Y así, poco a poco, cada vez que se iban descubriendo las mentiras que habían creado aquellos ladrillos, éstos se transformaban y desaparecían, de modo que el palacio de la mentira se fue haciendo más y más débil, perdiendo más y más ladrillos, hasta que finalmente se desmoronó.

Y todos, incluidos los duendes mentirosos, comprendieron que no se pueden utilizar las mentiras para nada, porque nunca son lo que parecen y no se sabe en qué se convertirán.”

La mentira, en ocasiones es dolorosa, pero de seguro nadie ha muerto por ello. La sinceridad implica responsabilidad y valentía. En ocasiones mentimos para conservar a alguien a nuestro lado; no le decimos la verdad por temor a que nos abandone o cambie su percepción de quienes somos. Pero lo cierto es, que cuando somos honestos con los demás -especialmente con aquellas personas que nos importan- lo somos igualmente con nosotros mismos.

He vivido muy de cerca la historia de una mentira que duró once meses. Quizá pensamos que el amor puede con todo (y es cierto); que podemos ocultar a alguien algo muy íntimo de nuestra salud o cualquier otro aspecto de nuestra personalidad, pero tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz.

Últimamente estoy viendo la serie americana ‘Once Upon a Time” (Erase Una Vez, traducido). Es una historia de hadas y cuentos fantástica basada en un mundo alternativo que se entremezcla con el nuestro. Episodio a episodio he ido descubriendo que, tras el genial argumento de la serie, se encuentra la búsqueda de cada ser humano -hombre o mujer- del amor verdadero. Las luchas y entresijos familiares y de todo tipo que, en ocasiones, se confrontan para mantenerte junto al amor de tu vida.

Quizá la serie, de corte absolutamente romántica, no sea del todo realista en su tesis de que el amor verdadero superará cualquier prueba y que, dos personas que Dios o el destino ha unido, nada los podrá separar; ni adversidad; ni maldad; ni la magia negra o cualquier tribulación que la pareja confronte. Pero, confieso que, me resisto a negar la manifestación –para algunos, los pocos afortunados- evidencia, de que más allá de este mundo frío y en ocasiones casi gélido, hay quien creen aún en el AMOR VERDADERO, con mayúsculas.

Escribe Paulo Coelho:

El amor es una fuerza salvaje.

Cuando intentamos controlarlo, nos destruye.

Cuando intentamos aprisionarlo, nos esclaviza.

Cuando intentamos entenderlo, nos deja perdidos y confusos.

Se encuentre el escritor brasileiro acertado o no en esta particular descripción del amor, lo cierto es que el amor es una fuerza inmensa que, a algunos los conduce al abismo más profundo, mientras a otros al paraíso más hermoso.

¿Verdad o mentira? La respuesta marcará la diferencia en quien eres y cual será tu destino; porque el mismo lo decidirá tu respuesta a esta pregunta.


Mike Castro

Conservo la imagen grabada en mi retina, como si de un film cinematográfico se tratara; todavía puedo acordarme, casi como si fuera ayer. Eran poco más de las cinco de la tarde. Lo recuerdo bien, porque acababa de salir de clase y me disponía a ir en busca de mi merienda. Yo tenia trece años en aquel tiempo, y el pequeño pedazo de pan con una no mayor porción de sucedáneo de chocolate que el reformatorio para menores de Madrid nos daba a cada interno en la tarde, nos sabía a gloria bendita.

Mis dos hermanos menores y yo habíamos sido internados esa misma semana, tras un largo recorrido por diversos centros de tutela estatal. Aún estábamos adaptándonos al funcionamiento del colegio, a los nuevos tutores y compañeros, cuando me dispuse a subir aquella vieja escalera de caracol que me conduciría a mi sección. Fue entonces, cuando otro chico, a quien yo no había visto antes, me detuvo violentamente mientras colocaba su mano sobre mi pecho indicándome que subiese a la quinta planta, pues Raúl (vamos a llamarle así), quería hablar en ese momento conmigo.

En un instante, el cuerpo se me encogió. Raúl, no era un compañero más, se trataba del líder del reformatorio. Alguien de quien uno no se hace amigo, sino uno a quien aprendes pronto a temer. Lo mejor que te podía suceder era pasar desapercibido ante esta clase de delincuentes juveniles acostumbrados a implantar su reinado del terror entre sus compañeros. Siempre respaldado por una corte de chicos sin escrúpulos dispuestos a secundar sus ordenes al instante.

Comencé a subir mecánicamente los peldaños de la escalera, sin apenas percibir el crujir de la madera carcomida bajo mis pies. La cabeza me daba vueltas semejante a las agujas de un reloj solo que a mayor velocidad. Mientras, trataba de encontrar un escape mental a semejante situación. Por un momento, casi sentí alivio al pensar: “seguramente se ha confundido de persona” “no es a mi a quien busca”. En un intento del todo inútil por mantener la cabeza fría.

Aunque llevaba pocos días en el reformatorio de Carabanchel; oficialmente llamado “Colegio Hogar Sagrado Corazón de Jesús”. Las historias que se contaban sobre Raúl y los suyos te provocaban sudores fríos. Incluso habían trascendido a otros internados donde estuve. Y así, mis esperanzas de salir ileso de aquello, se iban desvaneciendo a cada paso que daba. En tanto, pareciera rememorar en carne propia los relatos que escuche de otros. Y aunque ascendía con la cabeza clavada en cada escalón que subía, podía sentir la mirada de Raúl y sus amigos desde lo alto de la escalinata atravesándome la nuca.

Raúl pareció hundir sus ojos en mí. Estaba flanqueado por dos compañeros quienes me miraban con falsa apariencia de lástima. Allí, bajo la azotea del último piso solo estábamos nosotros. Así que, fuese lo que fuera que sucediese, con seguridad no saldría de aquellas cuatro paredes con la bóveda de la escalera como único testigo mudo; no se sabría nunca lo ocurrido sin la declaración de los directamente implicados.

No dije nada; bueno, en realidad, no fui capaz de articular palabra. El gesto implacable y amenazante de los tres no me animaba a ello. Nos mantuvimos unos segundos en silencio hasta que alguien se atrevió a romperlo.

“Tengo algo muy importante que mostrarte” dijo Raúl abriendo sus ojos. Creo que no respondí, solo me recuerdo tratando de balbucear una respuesta… su rostro, iba adquiriendo un gesto de suspense por momentos. Junto a el, sus dos secuaces le miraban con mayor interés si cabe, expectantes ante lo que su jefe tenia que decirme.

“¡Soy el tío más limpio del reformatorio!” continuó, abriendo aún más sus ojos si cabe.

¡Ahora si que no entendía nada! ¿Me había hecho llamar solo para contarme lo limpio que era? Aquello no hizo sino confundirme más. Entonces, en un instante de valor, me atreví a levantar un poco la cabeza y observarle. La verdad, ¡tenia curiosidad por ver a alguien tan aseado! y con tanto interés por contármelo. Pero lo que vi no se correspondía con lo manifestado por Raúl. Llevaba el cabello largo sucio y lleno de grasa y vestía unos jeans y camiseta igualmente gastados y aparentemente no lavados en mucho tiempo.

“No te confundas por mi exterior” amplio rápidamente Raúl, como si leyese mi pensamiento. “La autentica limpieza esta en el interior” dijo con total convicción. “Mira, yo hace más de un año que no me baño” “ni una gota de agua a tocado mi cuerpo” continuó orgulloso. “¿No pondrás en duda mi palabra, tío?” dijo levantando la voz. “No, no, no…” acerté a exclamar. Llegados a ese punto, por nada del mundo deseaba enfadarle. Si me hubiese dicho que venia de escalar la cima del Everest, o de cruzar el océano a nado, mi respuesta hubiese sido igualmente complaciente.

Sus dos acompañantes le observaban atónitos. Pareciendo entender menos que yo. Pero Raúl no había acabado conmigo. Su afán era demostrarme a toda costa como era posible estar limpio sin tocar el agua más que para beberla. ¿Se imaginan de que manera? Como les decía, tengo el fotograma grabado en mi memoria; creo que nunca lo olvidare.

Se desabrochó el gastado jeans y con su mano izquierda se agarró los calzoncillos estirándolos de una costura para que yo los viese bien: “¡Mira! ¡Mira! ¡Blancos como la nieve! “ “¡No me he duchado en más de un año y mis calzoncillos están impolutos!” “¿Qué? ¿Es esto ser limpio? ¿Si o no?” Casi gritó. ¿Adivinan mi respuesta?

Han pasado ya unos años de aquella esperpéntica escena y con el transcurrir del tiempo la encuentro cada vez más divertida. Aunque en el momento no me lo pareció en absoluto, mas bien al contrario, como no es difícil sospechar. Lo mejor de la historia es que Raúl nunca más me utilizo como confesor particular. De hecho, no volvió a dirigirse a mí. Conducta que agradecí inmensamente, aunque otros no puedan decir lo mismo.

Seguramente, este joven, hoy día podría ganarse la vida anunciando detergentes para comerciales de televisión: “más blanco no se puede” ¿se imagina? “Lave su ropa de una vez para siempre”. ¿Sabe la pregunta que ingenuamente que me hice por mucho tiempo? ¿Cómo era posible que sin lavarse en un año largo este hombre vistiese calzoncillos inmaculadamente blancos? Bueno, confieso que aún no hallé la respuesta; aunque seguramente, como usted, la presumo.

 “¡Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera se haga limpio!” Evangelio según San Mateo (La Biblia).

 “En todo tiempo tiempo sean blancos tus vestidos y nunca falte ungüento sobre tu cabeza” Libro de Eclesiastés (La Biblia).

Por Mike Castro

Dicen que, entre los lugares más bellos del mundo, se encuentran las  Cataratas de Iguazu.  Mi cuñado Kiko, que tuvo la suerte de visitarlas durante su viaje de luna de miel me contaba que:   ”es una de las caídas de agua más hermosas de la naturaleza, un paisaje que deslumbra en la frontera entre Brasil y Argentina”.

Mientras Kiko, muy apasionado, avanzaba en el relato de su experiencia en este maravilloso lugar del planeta, casi podía trasladarme al mismo escenario y su entorno. Durante unos minutos me sentí sumergido bajo el caudal del río Iguazú; dando paseos en lancha bajo los saltos, caminando por sus senderos y apreciando a los animales de la selva semitropical…

Apuramos el último sorbo de café, nos dimos un abrazo y nos despedimos hasta la próxima.

He tenido la oportunidad de visitar algunos lugares muy hermosos en mi vida. Tengo años y canas suficientes para dar fe de ello. Viajar en nuestros tiempos está casi al alcance de cualquiera, aunque sea solo por una vez en toda nuestra existencia, y ya casi nadie se escapa a la oportunidad de encontrar la belleza y la paz en algún lugar del mundo. Encontrarnos allí es como ver cumplidos nuestros sueños; nuestros anhelos más íntimos; es como hallarnos a nosotros mismos. Contemplar el paisaje y observar el mágico reflejo de un espejo que nos confronta con lo mejor de nosotros; con esa búsqueda interminable tras la que, como seres humanos, andamos toda nuestra vida.

Anoche sucedió algo que me hizo replantearme donde se encuentra la auténtica belleza; la paz del alma; los buenos sentimientos; el corazón limpio y sin mancha. Y lo encontré en el lugar que menos imaginaba hallarlo.

Me despedía de un niño de apenas seis años, fui a darle un beso de buenas noches y a decirle que cuidara a su mamá, se portase bien con ella y fuera buen chico. Nunca podré borrar de mis ojos su mirada. Me contempló con la limpieza que solo se puede observar en los ojos de un niño de corta edad, con mucha ternura; pude sentir cariño y un profundo afecto entre ambos. Era como un lazo que nos unió durante apenas unos segundos. Me hubiera detenido en sus ojos eternamente.

Una de mis canciones favoritas es del cantante Steven Curtis Chapman, quien junto a su mujer, es fundador de una casa de acogida para niños abandonados. La letra traducida dice algo así: “He tratado de buscar muchos tesoros en la tierra. Y algunos de ellos sólo se han deslizando entre mis dedos como la arena. Pero hay un tesoro que significa algo más que la respiración misma. Así que me aferraré a el con todo lo que soy”.

No necesito seguir mi búsqueda; llegar al lugar más alto del planeta, ni tampoco al más hermoso. Porque anoche lo encontré: y fue en la mirada de un niño.


Miguel Castro

DO YOU WORK!

Martin Luther King dijo: “Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda”.  Estas palabras del uno de los líderes más influyente del siglo XX (premio nobel de la paz 1964). Pastor protestante, quien desarrollo una labor activista y política como defensor de los derechos civiles de los afroamericanos y participó en protestas contra la guerra de Vietnam, la pobreza y las diferencias entre las desiguales clases sociales, no dejan a nadie indiferente al ser escuchadas casi medio siglo después de ser pronunciadas.

Y es que parece que, la cíclica social y política en estos tiempos que nos están tocando vivir, nos devuelve una y otra vez a un mismo escenario: el de la falta de compromiso con el trabajo en lo público; el menoscabo de la prosperidad en base al esfuerzo y la sutileza; y la falacia de la evolución de lo social y económico en base a la especulación.

En este contexto, en el cual la ciudadanía ha perdido todo interés en la política; en quienes la representan y en que los políticos sean capaces de generar soluciones a la crisis que sufre la sociedad español,  ignorando -no sé si de manera consciente o no- que el abandono de la responsabilidad política lo es también de nuestro futuro.  En palabras – otra vez de Martin Luther King- “Da tú primer paso con fe, no es necesario que veas toda la escalera completa. Sólo da tú primer paso”.

La cuestión de fondo es que estamos esperando a que sean otros los que “doblen la espalda”; los que “den el primer paso” en lugar de asumir nuestra propia responsabilidad implicándonos responsablemente.

Un antiguo dicho castizo dice que, España es el único país del mundo donde es fácil “observar a uno trabajando y a diez mirando”. Y, ¿adivinan sobre qué conversan -de seguro animadamente- los diez observantes? ¡De cómo lo harían ellos mejor!

Theodor Roosevelt decía que: “siempre se debe preferir la acción a la critica”. En lo personal creo que ha llegado el tiempo de remangarnos la camisa; hacer uso de nuestra responsabilidad como ciudadanos y ejercer nuestro derecho a trabajar desde lo público en el interés de todos. Siempre dije lo mismo y hoy me reafirmo en ello: estoy en política porque me preocupa que tipo de educación reciben mis hijos en las escuelas; porque deseo una ciudad donde mi familia viva en seguridad; porque deseo que mis impuestos se inviertan de forma coherente y que protejan a los más desfavorecidos y porque creo que otra forma de hacer política, hoy más que nunca, es necesaria. Y no la concibo otra forma, sino desde la honestidad, el trabajo en equipo y el esfuerzo.

Termino este post, como comenzó, con una cita de Martin Luther King: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”.

Mike Castro

Era otoño, y la zorra que vivía en una madriguera del bosque, cada noche se atracaba de ratones, que eran muy gordos en aquella época del año, y también un poco tontos, porque se dejaban cazar con facilidad.

A decir verdad, la zorra hubiese preferido comerse alguna buena gallinita de tiernos huesecitos, pero hacia tiempo que el guardián del gallinero era un perrazo poco recomendable, y había que contentarse con lo que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún lirón.

El caso es que una mañana la zorra se despertó con cierta sequedad en la garganta y con un vivo deseo de comer algo refrescante distinto de su acostumbrada comida. Por ejemplo, un buen racimo de uvas. Y llegaba hasta ella un rico olorcillo de uva moscatel.

“Bueno -dijo para sí la zorra-. Hoy quiero cambiar. Después de tanta carne de ratón, me sentará bien un poco de fruta.”

Y se dirigió hacia la parra cuyo aroma había percibido. Apretados racimos colgaban de ella. Había muchos, pero…

“¡Que extraño! -rezongó el animal-, no creí que estuvieran tan altos. De un buen salto los alcanzaré.”

Tomó carrera y saltó abriendo la boca. Pero, ¡qué va! Llegó a un palmo del racimo: el salto se le quedó corto. Sin embargo, la zorra no se desanimó. De nuevo tomó carrera y volvió a saltar: ¡nada! Probó otra vez a insistió en la prueba, pero las uvas parecían cada vez más altas.

Jadeando por el esfuerzo, la zorra se convenció de que era inútil repetir el intento. Los racimos estaban a demasiada altura para poder alcanzarlos de un salto.

Se resignó, pues, a renunciar a las uvas, y se disponía a regresar al bosque, cuando se dio cuenta de que desde una rama cercana un pajarillo había observado toda la escena. ¡Qué ridículo papel estuvo haciendo! Precisamente ella, la señora zorra, no había conseguido apoderarse de lo que le gustaba. Pero al punto halló lo que creyó una salida airosa.

-¿Sabes? -dijo, dirigiéndose al pajarillo-, me avisaron de que estaban maduras, pero veo que aún están verdes. Por eso no quiero tomarlas. Las uvas verdes no son un plato apropiado para quien tiene tan buen paladar como yo.

Y se fue arrogante, segura de haber quedado dignamente, mientras el pajarillo movía la cabeza divertido.

Moraleja: Algunas personas desdeñan y menosprecian lo que no pueden alcanzar…

(Editado) Atribuido a Esopo

 

A lo mejor mañana, las rosas vuelvan a ser rojas,

Las amapolas retomen su fugaz resplandor

Y los girasoles reviertan su fruto.


A lo mejor mañana, regrese a conquistar tu corazón,

Tus ojos vuelvan a brillar como antaño

Y se refleje tu mirada en la mía.


A lo mejor mañana, se vistan los sauces de alegría,

Se llenen las calles de esperanza imprudente

Y los homicidas de amor no encuentran albergue.


A lo mejor mañana, convierta tu cilicio en risas,

Tu tristeza en una ofensiva de sonrisas

Tus lágrimas en un agua fresca y cristalina.


A lo mejor mañana, amanezca, y no me detenga,

La rosa, las calles, esperanzas, más risas…

Se conviertan en cómplices de tu alma y la mía.


A lo mejor mañana…


Miguel

El agua caía de manera incesante. Parecía fundirse con el irregular adoquín que alfombraba la calle Mayor. Haciendo extraños juegos, como si quisiera embaucar a la incipiente luna, en un intento del todo vano, de fundir su reflejo con el húmedo y anquilosado empedrado, aparentando ser espejo.

El vespertino vendaval rezumaba aires de grandeza… mientras se asomaba sobre los desamparados desagües, abandonados esta vez a la triste suerte de aparentar inservibles.

No era muy tarde, pero aquella repentina lluvia de septiembre, había precipitado la recogida de la muchedumbre algo más temprano de lo habitual. Todavía podían escucharse los pasos de algunos perezosos, apresurados, a refugiarse bajo los soportales. Los barquilleros y tabaqueras fueron los primeros en poner a buen recaudo su mercancía y, hasta algún que otro desaliñado merodeador pareciera haber desistido de sus sospechosos fines. “¡Palulú a cincuenta céntimos!” “¡chicles, pipas, caramelos!”. Ecos de voces que, antojándose ya lejanos, se apagaban bajo el manto del escandaloso aguacero… mientras robaba los casi extraviados aromas de las castañas asadas y las manzanas de caramelo.

Los alicatados farolillos lucían chispeantes amparados bajo la precoz lluvia aquel atardecer. El paseo se iluminaba por momentos… centelleando las luces de los cafés que vieron abarrotados sus pequeños establecimientos en escasos minutos.

Manuel caminaba sin prisa, inmerso en sus pensamientos. Sus zapatos de ante no parecían quejarse de la alfombra húmeda elegida por su huésped. Reparó en la abarrotada vía que transitaba todos los días con dificultad y se encontraba ahora desierta. Se detuvo un instante. Sus ojos color miel se dirigieron, sin buscarlo, hacía una pareja de enamorados quienes cobijados bajo un soportal, se besaban como si fueran los únicos amantes sobre la faz de la tierra.

Aquella escena trajo a la memoria de Manuel recuerdos cercanos… regresó en si, levantó su mirada al cielo, pero tuvo que bajarla al experimentar la lluvía sobre su rostro.

Decidió seguir sus pasos, ya sin el barullo acostumbrado de la muchedumbre alrededor. La verdad, no era capaz de recordar la última vez que se aventuró bajo un cielo tan encapotado. Aunque eso no pareció importarle demasiado. De hecho, incluso le agradaba la idea de continuar su paseo libre de otros viandantes.

Manuel esbozó una sonrisa. Respiró hondo. Se abrochó el último remache de su chorreante abrigo y se decidió a seguir su camino. ¡Esa noche se sentía libre! Es como si la lluvia tuviera algo que ver con ello. Por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de ser dueño de su propio destino; libre para decidir… ¡Para empaparse! ¡Para sentir!

Aceleró sus pasos, como si de ese acto dependiera marcar un nuevo rumbo a su vida. Mientras, comenzaban a acelerarse los latidos en su pecho. ¿Se abrían puesto de acuerdo el gran Cronos y la diosa Afrodita esa noche para enjugar su lamento con lágrimas del cielo? ¡Qué soñador! Pensó.

En un abrir y cerrar de ojos, tal y como se había hecho la noche cerrada, pareció vislumbrarse en el cielo una nueva esperanza. Y como fuere que comenzase a escampar, las risas y alegres conversaciones de los paseantes, esa noche de sábado, tras los portales comenzaron a dejarse entrever.

Levantó su antebrazo izquierdo con la palma de la mano hacía arriba. -Casi no llueve- se dijo con cierta lástima, al no percibir más que unas pocas gotas humedecer su piel.

Le relajaba caminar. En ocasiones disfrutaba perdiéndose por las estrechas callejuelas de su ciudad natal. Acostumbraba a conducirse sin rumbo fijo, partiendo casi siempre de su vieja casa, en la céntrica calle Santiago, muy cerca del Palacio Arzobispal. Luego, por la Plaza de Cervantes, la Calle Libreros, Carmelitas Descalzas… todas ellas cómplices de sus paseos y pensamientos. A veces perdía el sentido del tiempo e incluso de la realidad. De niño, recordaba haber escuchado a su padre decir que salía más barato una buena meditación que un psicólogo. Y, ¡vaya si tenía razón! Cuantas veces sus largos paseos se habían convertido en su mejor terapia.

Y esta era una de esas noches en que su particular “escapada” se hacía inexcusable. Los hechos sucedidos en las últimas semanas conducían sus pisadas a tomarse un tiempo para él; para reflexionar. Para “huir” aunque solo fuese por unas horas.

Ella siempre le decía que nunca le había mostrado su ciudad, qué cuando le llevaría a Alcalá. El temporal le sobrevino caminando de Mayor hacía Vía Complutense. Allí se conservaban las antiguas murallas que protegieran de invasores a la romana Compluto, al menos así era dos mil años atrás. Desde muy niño, Manuel, se había sentido atraído por semejantes construcciones. Disfrutaba de una especial koinonia entre su espalda y aquellos milenarios ladridos de piedra. Respiraba hondo… y… dejaba que toda la fortaleza de aquellos muros de viejas piedras traspasaran su frágil cuerpo. Y aunque hacía muchos años que había abandonado tal práctica infantil, esa tarde sintió la imperiosa necesidad de conducir sus pies a ese lugar, sin pensarlo, en un deseo a todas luces irracional, ignorante del todo a los impulsos del corazón.

Cruzó la Puerta de Los Leones. Su abultada figura se dibujaba sobre el pavimento, aún mojado. La lluvia, recién dejaba de hablar. El cielo, antes cubierto, estaba dando paso ahora a un cielo rebosante de estrellas que parecerían luchar por destacar. La luna, muy alta, lucía orgullosa. Era como si una conjura de los dioses hubiera provocado tal tormenta con el único fin de acelerar sus pasos hacía ese lugar. ¿Realidad o ficción? ¡Qué más da! En realidad, eso no importaba demasiado.

Al menos para Manuel. Había despertado… de un largo sueño.

Por Mike Castro

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