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Archive for the ‘Cultura’ Category

142583_si-realmente-hubo-amorNo siempre es fácil; expresar quien eres; cómo te sientes; qué te pasa por la cabeza; cómo hacer cuando no sabes qué…

No siempre es fácil; contener los sentimientos que tienes arraigados muy dentro de ti; resignarte a vivir con ellos en la certidumbre que nada volverá a ser como antaño; en la seguridad que nada fue real, aunque si en tu mente, en tu alma, en tu ser…

No siempre es fácil; hablar sobre sentimientos; sobre uno mismo; conseguir aclarar los pensamientos propios; saber qué quieres, hacía dónde vas, qué rumbo tomar. No siempre es fácil.

Y digo que, no siempre es fácil, porque cuando crees que has llegado al punto en tu vida en que has logrado todo lo que habías soñado; lo que siempre habías esperado; ese instante en que eres capaz de detener el tiempo por unos momentos y decirte a ti mismo: “no necesito más, lo tengo todo”. De repente, un día ‘despiertas’ a la realidad de que solo fue un sueño y nada era como creías.

Entonces las lágrimas comienzan a brotar en los ojos; los recuerdos se mezclan con las emociones más profundas; las imágenes de los momentos vividos se suceden en tu cabeza como si de un film cinematográfico se tratara, hasta que los sollozos no te dejan ver más allá.

No es malo llorar, dicen que lava el alma. Pero duele igualmente; duele mucho por dentro.

Te quise tanto. Te amé de una manera como nunca lo hice a nadie, y hoy, cuando mientras redacto estas pocas líneas,  las lágrimas vuelven a brotar y me cuesta leer lo que escribo en la pantalla de mi ordenador, no paro de repetirme: “No siempre es fácil”, pero “siempre es posible”; siempre es posible comenzar de nuevo, abandonar las lágrimas, quemar las fotos, matar los recuerdos, y aunque todavía sea imposible borrarte de mi mente, algún día desaparecerás para siempre.

Sé que nunca leerás esto. Y tampoco me importa. Porque también sé que algún día llegará alguien a mi vida que llegue para quedarse. Y habrá momentos en que ella me diga: “tranquilo, Mike, que no siempre es fácil. Pero yo estoy aquí contigo para acompañarte en el camino.”

Será, mi verdadera compañera de viaje.

Mike

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beso bajo la lluvia

Corrimos desesperados para ocultarnos del agua; pero no importó mojarnos con tal del sabor de tu alma. Hoy siento aún tus caricias y el golpeteo de la lluvia. Los dos juntos abrazados, no importó cuanto mojados.

La lluvia mojaba nuestros cuerpos y supo que temblaban… por error pensó que era de frío y fue cesando. Pero estábamos temblando de amor…

Nuestras almas mojadas entre gotitas de agua yo suspiraba sumergido en un diluvio de felicidad bajo la lluvia tú me besabas; bajo la lluvia cayada esa que tanto nos mojó en suspiros muy profundos nos entregamos los dos.

Como olvidar esa entrega estrecha fue la pasión que el fuego la lluvia mermó. Tú piel acercándose a mi piel. De pronto tus labios sobre los míos. Seguidos de besos de miel, besos cálidos borrando el frío… Sentir que puedo tenerte, con un beso decir más que palabras, bajo la lluvia estando inerte, antes que el diluvio se marche…

Y llovía… y llovía… y estábamos abrazados, y llovía… y llovía… ¿Cuánto tiempo nos amamos? ¿Horas, minutos? No sé… Sólo sé que nos miramos entre lágrimas de amor y lluvia fresca en los labios que besaban con pasión aquella tarde en invierno.

Gotas de lluvia, que caen y caen, caen y caen, llenando el silencio con ritmo, música, melancolía. Adormecida, te busco, te estrecho entre mis brazos con todo mi amor y unidos los labios, nos escapamos rebozando amor, al mundo de Orfeo

Y es que… los que se empeñan en que las cosas buenas solo deben suceder cuando brilla el sol es porque nunca besaron a alguien bajo la lluvia…

Mike

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18247_442673849115880_609550695_n¿Existe una línea del tiempo? ¿Hay un principio y un fin para cada cosa? ¿Podemos científicamente cuantificar y dilucidar la esencia y la naturaleza del mismo? El mundo se nos ofrece como una realidad que cambia incesantemente y la percepción del cambio, de la sucesión o de la duración de las cosas nos sugiere la idea del tiempo. Sabemos que ha transcurrido el tiempo lectivo, el tiempo de vacaciones o el tiempo de la juventud. Es indudable que tenemos experiencia del tiempo y hasta nos atrevemos a calcularlo mediante diversos procedimientos: el curso del sol, la sucesión de los días y las noches, el desplazamiento de las agujas del reloj. Sin embargo, qué es realmente el tiempo es una cuestión difícil y compleja, pues, como decía San Agustín, “si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”.

Además sabemos que, el presente es un momento volátil por medio del cual el futuro se transforma en pasado. El tiempo es la clave del modo en que lo percibimos todo. Es el tiempo lo que marca cada uno de los hechos, pensamientos y sucesos en nuestro viaje desde que nacemos hasta que morimos. Nos podemos imaginar fácilmente un universo sin color o sin luz, pero es prácticamente imposible imaginarnos un mundo sin tiempo. Sin embargo, hasta donde la física parece saber, puede que haya que imaginarse un mundo sin tiempo.

Y aunque pareciera que, la idea de que el tiempo es un modo de decir que una cosa sigue a otra como resultado de esta otra, en esta entrado bloguera, me atreveré a “divagar” sobre cuál es la clave de la verdadera naturaleza del tiempo.

Ya la filosofía griega, propensa a la reflexión sobre los más variados asuntos, abordó la temática del tiempo. De todos los filósofos griegos es, sin duda, Aristóteles el que nos ha legado la doctrina más sólida sobre el tiempo. La visión aristotélica del tiempo está estrechamente vinculada al movimiento, ya que, en su opinión, el tiempo no es posible sin acontecimientos, sin seres en movimiento. De ahí que conciba el tiempo como el movimiento continuo de las cosas, susceptible de ser medido por el entendimiento. Conceptos como “antes” y “después”, sin los cuales no habría ningún tiempo, se hallan incluidos en la sucesión temporal. Este estrecho vínculo induce a Aristóteles a definir el tiempo en su física en los siguientes términos: “la medida del movimiento respecto a lo anterior y lo posterior”. Esta definición nos revela que el tiempo no es el movimiento, pero lo implica de tal suerte que si no tuviéramos conciencia del cambio, no sabríamos que el tiempo transcurre. El tiempo aristotélico es exterior al movimiento, pero supone un mundo que dura sucesivamente y esta duración sucesiva nos permite establecer relaciones de medida entre sus partes según un “antes” y un “después”, Así surgirá el tiempo métrico, cuya estimación estará regulada por el movimiento de los astros, como el de rotación o el de traslación, o por el movimiento rítmico de aparatos de desarrollo preciso, como los relojes.

Muy distinta es la concepción agustiniana del tiempo. El carácter intimista de su filosofía induce a San Agustín a concebir el tiempo como algo desligado del movimiento y estrechamente vinculado al alma, a la vez que manifiesta su profunda perplejidad ante el tiempo al resaltar la paradoja del presente. Si decimos de algo que es presente, estamos afirmando que ya no será y que pasará al mundo de lo inexistente. El presente propiamente no es, sino que pasa, deja de ser, carece de dimensión y sólo lo podemos caracterizar relacionándolo con el futuro, que todavía no existe, y con el pretérito, que ya ha dejado de ser. El tiempo es un “ahora”, que no es, porque el “ahora” no se puede detener, ya que si se pudiera detener no sería tiempo. No hay presente, no hay ya pasado, no hay todavía futuro. Por lo tanto, la medida del tiempo no es el movimiento, no son los seres que cambian; la verdadera medida del tiempo es el alma, el yo, el espíritu. El pasado es aquello que recordamos; el futuro, aquello que esperamos; el presente, aquello a lo que prestamos atención. Pasado, futuro y presente aparecen, pues, como memoria, espera y atención.

“¿Quién puede negar que las cosas pasadas no son ya? Y, sin embargo, la memoria de lo pasado permanece en nuestro espíritu.

¿Quién puede negar que las cosas futuras no son todavía? Y, sin embargo, la espera de ellas se halla en nuestro espíritu.

¿Quién puede negar que el presente no tiene extensión, por cuanto pasa en un instante? Y, sin embargo, nuestra atención permanece y por ella lo que no es todavía se apresura a llegar para desvanecerse”.

La relatividad de Einstein trajo el nuevo concepto del espacio-tiempo, demostrando que ambas magnitudes no son más que dos caras de una misma moneda. Según esta nueva teoría de Einstein cada punto del espacio pasa a poseer un tiempo personal, desapareciendo el concepto de tiempo absoluto. Con estas ideas, Einstein llegó a la lógica conclusión de que el tiempo no fluye, y por tanto el pasado, presente y futuro no existen como tal, volviendo a un concepto tan antiguo como el tiempo imaginario en el que creía Platón.

Siguiendo la revolución de la relatividad de Einstein, podemos representar gráficamente un objeto en movimiento en el espacio-tiempo del mismo modo que lo hacemos en las tres dimensiones espaciales. La física considera que el tiempo más bien como una etiqueta, un modo de pensar sobre los sucesos y, en concreto, una relación entre los sucesos que puede ser descrita matemáticamente. Un punto por ejemplo, sucede tanto en el espacio como en el tiempo. Si tomamos dos puntos, X e Y, aunque se puede establecer entre ambos una serie de relaciones tanto espaciales como temporales, la relación espacial es muy diferente de la temporal.

El capítulo tercero del libro de Eclesiastés en Las Sagradas Escrituras también se refiere al tiempo como un suceso de acontecimientos que van precedidos de otros:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.” (Eclesiastés 3:1-8).

La Segunda Ley de la Termodinámica (cuestionada por algunos físicos en la última década) parece avalar el axioma bíblico de que todo tiene un principio y un final; una línea en el tiempo donde nada se crea ni se destruye, sino que es transformado a un espacio donde hay un tiempo predefinido para cada cosa. En definitiva, una línea temporal difícil o imposible de alterar, salvo por el mismo dictamen de su transformación en el tiempo y en el espacio.

El concepto de irreversibilidad está presente en esta realidad temporal, pero la pregunta que nos cabe hacernos en este contexto es: ¿Quién administra dicha línea? ¿Quién maneja los hilos de la física? En definitiva, ¿quién es el dueño del tiempo?

Las diferentes teorías y/o elucubraciones sobre la posibilidad de eludir el mismo; alterarlo o modificarlo son abundantes. ¿Debemos pensar en términos de predestinación? ¿Podemos hacer algo para modificar nuestro futuro e incluso mejorarlo? El caso es que, mientras algunos defienden la teoría del destino, otros se manifiestan abiertamente a favor de la teoría del caos.

¿Cómo vives tu vida? ¿Quizá pensando que lo que sucede es fruto de la casualidad? ¿Simplemente estuviste en el lugar correcto o equivocado en cada momento o existe una causa – efecto en los sucesos experimentados en el tiempo?

Yo tengo mi particular teoría sobre ello. Mantengo que el destino está entretejido en una malla de cruces de caminos. Llegar a la meta final (sea esta predestinada de antemano o no), implica tomar las decisiones correctas cada vez que nos detenemos frente a un cruce de caminos. La dirección que tomemos determinará nuestro destino, entretejido al igual que una gran malla entrelazada de finos hilos, los cuales se verán alterados una y otra vez por la sucesión progresiva de nuestros pasos.

En ocasiones tomaremos uno equivocado que nos aleje de nuestro destino final, pero siempre encontraremos otro cruce más adelante que nos ubicará frente a un nuevo acierto o desacierto.

Seguramente no podamos saber nunca quién es el dueño del tiempo, o quien maneja los hilos del mismo, pero de nosotros depende qué camino emprenderemos.

De lo que sí podemos estar seguros es que el tiempo no es algo cíclico; no es un tren que pasa dos veces por la misma estación. De nosotros depende cogerlo a tiempo.

Mike Castro

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Todavía

No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría.

palpo, gusto, escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.

Mario Benedetti

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LA GRAN LLAMA

bougie 2Dice el autor español Antonio Gala que, “el amor es una amistad con momentos eróticos.” Pero el amor con mayúsculas implica mucho más que la suma de ambos conceptos.

Las Escrituras, que son una compilación de sesenta y seis libros, escritos a lo largo de más de tres mil quinientos años de historia, y que a su vez son la base sobre la que está estructurada la ética y cultura judeo cristiana occidental en la que vivimos, contiene un libro especialmente relevante para el tema que pretendo tratar en la entrada de hoy en este Blog: El Cantar de los Cantares.

El Cantar de los Cantares es un libro incluido en el canon sagrado de libros judíos que posteriormente se aceptó como inspirado por las religiones cristianas (catolicismo y protestantismo) y fue incorporado a la Biblia. Es el único libro cuya temática es de carácter explícitamente sexual y erótico. De hecho, los judíos no permitían que fuese leído por los niños hasta que no alcanzasen la mayoría de edad.

En El Cantar de los Cantares, nos encontramos frente al concepto hebreo del amor verdadero; un viaje del ser humano, sea este hombre o mujer, en la búsqueda del mismo; sus pautas, rituales y diferentes características.

En el libro encontramos tres palabras que son traducidas al castellano como “amor”. La primera de ellas es “raya” cuya traducción a nuestro idioma sería “amigo” “compañero” “alma gemela”. Es esa persona en la cual descubrimos la atracción de la amistad; del caminar juntos o hallar las similitudes en nuestra forma de ser.

La segunda palabra es “ahava”, la cual va un poco más allá. “Ahava” es el “deseo de estar con alguien tanto, que te llega hasta doler el corazón”. Es cuando tu mente y tus emociones se concentran en la otra persona con tal pasión e intensidad que no puedes “pensar en otra cosa, sino en ella”; es cuando “prefieres estar con ella en lugar de cualquier otro lugar del universo”.

Los amantes, o la pareja, en El Cantar de los Cantares, manifiestan que “ahava” es tan fuerte como la muerte y que, aún las aguas de los ríos no podrán saciar su sed, ni apagar su fuego.

“Ahava” es amor por voluntad. Es más profundo que los sentimientos románticos fugaces. Es mucho más que un impulso temporal. “Ahava” es tomar la decisión de unir tu vida a la de la otra persona. Es una emoción que lleva al compromiso, lo cual a su vez te conduce a unir tu vida a la de otra persona. “Ahava” es lo que hace que las cosas perduren.

Ahora, pensemos en el amor en términos de unas llamas de fuego.

La primera llama, “raya”, es como la amistad, como encontrar el alma gemela en una relación de pareja.

Después tenemos “ahava” que es la llama del compromiso, que a su vez implica tomar la decisión de unir nuestra vida a la de otra persona.

La tercera palabra en hebreo para el amor es “dod”. “Dod” se traduce literalmente como “estar de juerga o de fiesta” “mecer” “acariciar”. En el libro de los Proverbios también aparece esta palabra, en el sentido de “bebamos mucho “dod” hasta el amanecer”. Incluso en El Cantar de los Cantares, se haya una cita en la que, la mujer dice: “dejen que él me bese con los besos de su boca, porque su “dod” es más delicioso que el vino”.

“Dod” es el elemento físico; lo sexual de una relación. De ahí procede la palabra griega “eros”, que literalmente se traduce como “erótico” en castellano.

Cuando un hombre y una mujer se unen, todas las llamas se combinan. Es emoción. Es corazón. Es mente. Son experiencias… Es la fusión de dos almas.

Ello se convierte en algo que va más allá de lo físico, es un acto espiritual a la vez que hermoso y poderoso; algo concebido para perdurar siempre.

¿Puedes observar una sola llama? Seguramente. Pero nunca una sola llama será tan caliente como cuando tres llamas arden juntas. El hombre y la mujer, en su relación de pareja, estamos concebidos para que esas tres llamas ardan como una sola.

Pero existen muchas maneras de estropearlo. Tomemos como ejemplo una aventura. Una aventura son dos personas que comparten la llama “dod” pero sin alguna de las otras dos llamas. Sin la “raya” o la “ahava”. Sin amistad. Sin compromiso. Sin lealtad, ni sacrificio. Hay “dod” pero no hay “raya” ni “ahava”. Son dos personas que intentan, con una sola llama (dod) obtener todo el calor de las tres llamas ardiendo juntas. Con razón la persona se queda vacía e insatisfecha. De manera que seguimos volviendo a esa misma llama una y otra vez en el intento de obtener la satisfacción de manera inútil.

Y, ¿qué hay de la pareja que lleva años de relación, siguen juntos, aún existe compromiso (ahava) entre ellos, pero seamos honestos, ya no hay nada más? No hay amistad. No hay relación sexual. Descuidan las llamas y… finalmente pierden la intensidad y se apagan…

Cuando separas las llamas, nunca puede haber satisfacción integral.

Quizá nuestra cultura no entiende como debe ser una autentica relación de pareja; como debe manejarse la sexualidad en ese contexto. Tal vez, nuestra sociedad, en cuanto al sexo se refiere, simplemente no lo entiende.

La verdadera sexualidad es inmensa y misteriosa. Te llena completamente. Está conformada por dos cuerpos, pero también hay alma y corazón. Es el amor completo de dos personas uniéndose y entregándose mutuamente para siempre. De dos personas que, al unirse y respetarse, obtienen el acceso a la puerta del amor verdadero. Una llave que abre los candados a lo espiritual y lo más íntimo. Dos personas que se dan cuenta que las tres llamas deben arder juntas.

Y que descubren… la gran llama.

Mike

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eticaNo soy muy dado a pararme frente al televisor, los que me conocen lo saben. Sí, ya sé que algunos me consideran un bicho raro, pero no haré de mi capa un sayo por ello. Elijo otras actividades de ocio que me causan mayor placer y distracción, aunque no por eso me considero un autista televisivo; muy al contrario, en algún momento de recreo ocasional, hasta me consiento el insensato atrevimiento de concederme unos minutos de derroche frente a la caja tonta.

Y precisamente de uno de esos instantes ‘atroces’ -entiéndase la ironía- me estoy permitiendo escribir hoy, en este mi humilde blog, el cual creo que solo leo yo (en mis ratos de recreo más egocéntricos) y los pocos amigos que la vida me ha obsequiado, sin hacer excesos ni malversación alguna. Aprovecho la ocasión, a cuenta de su mención, para agradecerles su aprecio personal y la consideración de leerme. ¿Quién lo haría a parte de mi imperito ego, sino?

Prosigo con mi relato; la ocasión ‘la pintaban calva’, que dirían los castizos: una gélida tarde de invierno, la vespertina lluvia azotando mi ventana – como si quisiera contarme alguna historia que oyó a alguien por ahí, mientras golpeaba las ventanas de las casas en un intento del todo inútil, por abrirse paso y desvelar su secreto-, temperaturas de menos cero grados. En fin… uno de esos días en los cuales uno no se halla por la labor de salir a pasear o a encontrarse con los amigos. Mejor un cafetín calentito -pensé-, sentarme en mi cómodo y mullido sofá, y quizá; digo sólo quizá… con un poco de suerte (ingenuo de mi), esa tarde pondrían alguna película interesante en la televisión, que amenizaría mi tarde apesadumbrada.

De manera que, acomodado en mi sillón, con una taza de buen café en mano y bajo una cálida manta de angora, me dispuse a tomar el mando del tv en mi mano y a probar suerte con el azar de la carta televisiva taciturna.

Pocos minutos después, tras disfrutar del aromático café descafeinado, me encontré bostezando plácidamente en el particular sitio de mi recreo -que diría el desaparecido Antonio Vega-, mi sofá. Sospecho que no encontré nada interesante en lo que reparar y los ojos se me fueron cerrando poco a poco hasta encontrar relajo en una distendida y agradable siesta de invierno, mientras, el televisor zigzagueaba con su volumen al mínimo.

No acierto a recordar cuanto tiempo dormité; quizá solo unos minutos… cuando me descubrí desperezándome y abriendo mi boca cual oso al despertar de su hibernación estacional. Fijé mis ojos de manera instintiva en el televisor; en realidad lo tenía frente a mí, no era muy difícil hacerlo. De hecho, es lo que cualquiera en mi caso hubiera hecho. Reaccioné como un bebé recién nacido al estímulo de los colores o el sonido de un sonajero; cual provocación de colores y sonidos que asomaron frente a mis bostezos bajo la desprotección de un despertar repentino. Por cierto, y antes de proseguir con mi relato, he de confesar que desde ese día he descubierto que la televisión produce unos efectos analgésicos y somníferos realmente fantásticos. La recomiendo en dosis moderadas a personas con problemas de insomnio.

Y en ese estado, casi sin pretenderlo -o quizá sí, vaya usted a saber- me detuve por un largo espacio de tiempo a observar un programa televisivo que me llamó la atención. Para los ‘raros’ como yo, que no acostumbran a ver las retrasmisiones visuales de la caja cuadrada alojada en su sala de estar, les diré que se trababa de un programa testimonio. Sí, sí, ese tipo de espectáculos en vivo donde fulanito de tal o menganita de cual va, y cuenta algún suceso de su vida privada; o la de su vecino; o incluso su padre o su madre, y además lo hace frente a millones de espectadores sin pudor alguno. Siempre me he preguntado si cobrarán por ello, ¿usted no? Porque, ¿quién en su sano juicio iría a la televisión a contar las intimidades suyas o de su familia e incluso allegados frente a totales desconocidos? En fin, que esto no es relevante para mi relato, solo era un inciso. Mis amigos, me reitero, los pocos que lo son de verdad, y se atreven a leerme, en esta ocasión estarán sorprendidos por el ‘estilo’ de este post; lleno de guiones, paréntesis, lapsus entre frases; circunloquios variopintos… bueno, al menos retomo el hilo, por lo cual apelo a su benignidad y a la comprensión de mis amigos lectores.

La presentadora, con total soltura, y como si de un amigo de toda la vida se tratara, interrogaba sutilmente a un pobre hombre que se encontraba sentado en una de las sillas del plató televisivo. Con una sonrisa de oreja a oreja, y con mucha gracia y simpatía, invitaba a su invitado a relatarles al público allí presente y a las cámaras la experiencia que había llevado al sujeto a contar su historia en televisión.

El hombre contaba una historia que había vivido unos años atrás y que, según decía, le había dejado alojadas algunas dudas en su conciencia. Y, uno que oye las palabras ‘duda’, ‘conciencia’ y que por ende es curioso por natural genética, no pudo resistirse a escuchar a aquel apesadumbrado hombre.

La inteligente presentadora comenzó avisando a sus telespectadores que la historia que iban a oír esa tarde les iba a dejar perplejos; para a continuación dirigirse a su invitado y preguntarle -esta vez, creo que la única- con rostro de aparente preocupación, si era consciente que lo que iba a relatar podría tener consecuencias legales para él, dado el carácter presuntamente delictivo de su testimonio.

El hombre -desconozco si por ingenuidad o por adiestramiento previo- respondió con absoluta tranquilidad que no, debido a que el presunto delito ya había prescrito, aunque él todavía mantenía un dilema ético con su conciencia.

Fue entonces cuando escuchar su testimonio me interesó aún más. Me enderecé en mi sofá dispuesto a prestar la debida atención al relato cuando… la presentadora, regresando a su habitual sonrisa Profidén, y dirigiéndose a cámara dijo: “si quieren escuchar una historia apasionante, no se muevan de delante de su televisor ni cambien de canal; unos minutos de comerciales y volvemos con ustedes.” ¡Dios mío! ¿Cómo se escribe ‘pluff’ en un artículo? Pero, ¿cómo podía ser tan cruel semejante presentadora? Huelga decir que, los siguientes quince minutos, los dediqué a aprender que detergente lava más blanco; cual es el jamón york que produce menor colesterol; que banco no te cobra comisiones si domicilias tu nómina… ¿quieren que siga? Imagino que no.

Después del ‘didáctico’ resumen comercial, regresó la sintonía del programa; su estelar y sonriente conductora y por supuesto… los aplausos del público. El hombre de la silla comenzó por fin a contar la historia que le había llevado a sentarse en aquel asiento.

Tenía la apariencia de tener algo más de cuarenta años, y aunque algo acongojado de aspecto, se le veía muy seguro de si mismo.

De manera que, el hombre, bajo la mirada expectante del público invitado (¿cobrarán estos también por asistir a semejantes eventos o les hará ilusión que sus parientes y amigos les vean salir por la tele?), y una contemplación fingida de la presentadora del programa abrió por fin su boca…

Había sido empresario la mayor parte de su vida, era un emprendedor nato, de esos que se forjan a si mismos a base de trabajo duro y esfuerzo. Pero la crisis de los noventa pudo con él. Lo que antaño habían sido años de esfuerzo recompensado económicamente se desplomó literalmente por el trance que sufrió el país.

En aquel tiempo, contaba, tenía una pareja con la que vivía y era muy feliz. Ella trabajaba en una empresa de importación de productos de procedencia china. Él por su parte dirigía un modesto negocio e intentaba mantenerse a flote en medio de tanta inestabilidad financiera.

Ambos se apoyaban mutuamente, el trabajo y los ingresos de los dos les permitían salir a flote y llegar a fin de mes, aunque en algunas ocasiones era ella la que, en base a su sueldo fijo, tenía que aportar más a la familia y sufrir por no poder afrontar el pago de recibos del hogar que ambos compartían, lo cual provocaba tensiones que ninguno de los dos deseaba.

Un día ella llegó del trabajo muy preocupada, él ya se encontraba en casa con la comida preparada, era viernes y dado que ella no trabajaba por las tardes dichos días a ambos les gustaba almorzar juntos. Hasta hacia muy poco tiempo acostumbraban a ir a un Buffet oriental donde servían un sushi muy bueno que les encantaba a ambos, pero los últimos meses la economía de la pareja no alcanzaba para extras; de manera que él, que tenía mayor disponibilidad horaria, se adelantaba media hora antes a su casa y preparaba algún plato que sabía que le gustaba a ella. Ambos disfrutaban compartiendo una fajitas de pollo o cualquier otra cosa; lo importante era disfrutar de al menos una comida juntos los viernes.

Pero ese anticipo de fin de semana fue diferente; ella llegó muy excitada de su trabajo. Al parecer, y según le contó, a su empresa la iba a inspeccionar hacienda. Ya le había explicado en otras ocasiones que, la compañía en la que trabajaba facturaba más del ochenta por ciento en dinero negro que ocultaba a la hacienda pública a base de tejemanejes de aduanas. Hasta ahora, les había salido bien, pero se habían ‘despistado’ en algún dato que no cuadraba y hacienda les iba a hacer una inspección.

Las siguientes semanas fueron auténtica una locura para ella; continuamente le enviaba emails donde la decía que todos los empleados y sus jefes estaban frenéticos borrando datos de sus ordenadores, portátiles, eliminando cualquier residuo de facturas falsas; tratando de cuadrar una contabilidad del todo imposible de justificar. Fueron muchos los días que llegaba más tarde a casa porque debía quedarse borrando archivos que podrían llevar a la cárcel a sus jefes y cerrar la empresa.

Se sentía realmente preocupada por la posible pérdida de su empleo. A su pareja (él) le estaba costando mucho levantar su nueva empresa, y en gran parte dependían del sueldo de ella para subsistir económicamente, tanto ellos como su pequeño hijo de solo cinco años de edad.

Eran varios los correos electrónicos que le enviaba al cabo de su jornada laboral diciéndole que en ese momento se encontraba el informático formateando los ordenadores de su empresa en el temor de que recibieran una inspección policial sorpresa. Uno de los jefes de ella, les llegó a pedir incluso a varios de sus empleados de confianza, que se llevaran discos duros con toda la información de ingresos y facturación en negro de la empresa a sus domicilios personales, a fin de no perderla y mantenerla a salvo de una visita judicial.

Ella se encontraba realmente preocupada; del todo consciente que, la colaboración con aquellas acciones, le involucraría involuntariamente en el presunto delito que estaba consumando su empresa. Pero se vio forzada a hacerlo a pesar de su conciencia en el temor de perder su puesto de trabajo y su sueldo.

Poco tiempo después, su pareja, el invitado al programa y quien contaba la historia, enfrentó posiblemente la peor crisis económica en su negocio. Se vio forzado a trabajar más horas aún; incluso a no disfrutar de unas merecidas vacaciones. Él era un hombre que creía que con el esfuerzo de todo se podía salir; que haciendo su trabajo con ética y de manera legal, al final, cosecharían el éxito.

Fue entonces cuando su pareja le discutió una de sus decisiones en su trabajo y como había tratado a un cliente. Lo cierto es que, bajo la perspectiva y la experiencia de él, su trabajo había sido del todo profesional; su actitud y trato hacía su cliente muy bueno; lo calificaría incluso de excelente. Pero ella no pensaba igual.

En ese tiempo él comenzó a plantearse dónde se encuentra la ética de las personas. Hasta qué punto uno es vulnerable o maleable a determinadas circunstancias en función de si te tocan vivirlas en carnes propias o ajenas. El pobre era un mar de dudas…

Friedrich Hayek decía: “El principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación de toda moral social. En la ética colectivista se convierte necesariamente en la norma suprema; no hay, literalmente, nada que el colectivista consecuente no tenga que estar dispuesto a hacer si sirve “al bien del conjunto”, porque el “bien del conjunto” es el único criterio, para él, de lo que debe hacerse.” Pero, me pregunto, y os pregunto a vosotros mis amigos, ¿hasta dónde podemos permitirnos que la ética colectivista decida sobre la ética individual? ¿Hasta dónde podemos juzgar la ética de los demás sin hacerlo primeramente con la propia?

Jesús de Nazaret decía: “Antes de ver la paja en el ojo ajeno deberías contemplar la viga que hay en tu propio ojo”. Hace más de dos mil años de aquella mención y, en lo personal creo que tiene, seguramente hoy, más vigencia que antaño.

Paráfrasis, en sentido estricto, es la explicación del contenido de un discurso para aclararlo en todos sus aspecto. Pero, ¿se puede explicar la paráfrasis de la ética? Yo digo que sí, no sé qué pensaran mis amigos.

Mike Castro

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Conservo la imagen grabada en mi retina, como si de un film cinematográfico se tratara; todavía puedo acordarme, casi como si fuera ayer. Eran poco más de las cinco de la tarde. Lo recuerdo bien, porque acababa de salir de clase y me disponía a ir en busca de mi merienda. Yo tenia trece años en aquel tiempo, y el pequeño pedazo de pan con una no mayor porción de sucedáneo de chocolate que el reformatorio para menores de Madrid nos daba a cada interno en la tarde, nos sabía a gloria bendita.

Mis dos hermanos menores y yo habíamos sido internados esa misma semana, tras un largo recorrido por diversos centros de tutela estatal. Aún estábamos adaptándonos al funcionamiento del colegio, a los nuevos tutores y compañeros, cuando me dispuse a subir aquella vieja escalera de caracol que me conduciría a mi sección. Fue entonces, cuando otro chico, a quien yo no había visto antes, me detuvo violentamente mientras colocaba su mano sobre mi pecho indicándome que subiese a la quinta planta, pues Raúl (vamos a llamarle así), quería hablar en ese momento conmigo.

En un instante, el cuerpo se me encogió. Raúl, no era un compañero más, se trataba del líder del reformatorio. Alguien de quien uno no se hace amigo, sino uno a quien aprendes pronto a temer. Lo mejor que te podía suceder era pasar desapercibido ante esta clase de delincuentes juveniles acostumbrados a implantar su reinado del terror entre sus compañeros. Siempre respaldado por una corte de chicos sin escrúpulos dispuestos a secundar sus ordenes al instante.

Comencé a subir mecánicamente los peldaños de la escalera, sin apenas percibir el crujir de la madera carcomida bajo mis pies. La cabeza me daba vueltas semejante a las agujas de un reloj solo que a mayor velocidad. Mientras, trataba de encontrar un escape mental a semejante situación. Por un momento, casi sentí alivio al pensar: “seguramente se ha confundido de persona” “no es a mi a quien busca”. En un intento del todo inútil por mantener la cabeza fría.

Aunque llevaba pocos días en el reformatorio de Carabanchel; oficialmente llamado “Colegio Hogar Sagrado Corazón de Jesús”. Las historias que se contaban sobre Raúl y los suyos te provocaban sudores fríos. Incluso habían trascendido a otros internados donde estuve. Y así, mis esperanzas de salir ileso de aquello, se iban desvaneciendo a cada paso que daba. En tanto, pareciera rememorar en carne propia los relatos que escuche de otros. Y aunque ascendía con la cabeza clavada en cada escalón que subía, podía sentir la mirada de Raúl y sus amigos desde lo alto de la escalinata atravesándome la nuca.

Raúl pareció hundir sus ojos en mí. Estaba flanqueado por dos compañeros quienes me miraban con falsa apariencia de lástima. Allí, bajo la azotea del último piso solo estábamos nosotros. Así que, fuese lo que fuera que sucediese, con seguridad no saldría de aquellas cuatro paredes con la bóveda de la escalera como único testigo mudo; no se sabría nunca lo ocurrido sin la declaración de los directamente implicados.

No dije nada; bueno, en realidad, no fui capaz de articular palabra. El gesto implacable y amenazante de los tres no me animaba a ello. Nos mantuvimos unos segundos en silencio hasta que alguien se atrevió a romperlo.

“Tengo algo muy importante que mostrarte” dijo Raúl abriendo sus ojos. Creo que no respondí, solo me recuerdo tratando de balbucear una respuesta… su rostro, iba adquiriendo un gesto de suspense por momentos. Junto a el, sus dos secuaces le miraban con mayor interés si cabe, expectantes ante lo que su jefe tenia que decirme.

“¡Soy el tío más limpio del reformatorio!” continuó, abriendo aún más sus ojos si cabe.

¡Ahora si que no entendía nada! ¿Me había hecho llamar solo para contarme lo limpio que era? Aquello no hizo sino confundirme más. Entonces, en un instante de valor, me atreví a levantar un poco la cabeza y observarle. La verdad, ¡tenia curiosidad por ver a alguien tan aseado! y con tanto interés por contármelo. Pero lo que vi no se correspondía con lo manifestado por Raúl. Llevaba el cabello largo sucio y lleno de grasa y vestía unos jeans y camiseta igualmente gastados y aparentemente no lavados en mucho tiempo.

“No te confundas por mi exterior” amplio rápidamente Raúl, como si leyese mi pensamiento. “La autentica limpieza esta en el interior” dijo con total convicción. “Mira, yo hace más de un año que no me baño” “ni una gota de agua a tocado mi cuerpo” continuó orgulloso. “¿No pondrás en duda mi palabra, tío?” dijo levantando la voz. “No, no, no…” acerté a exclamar. Llegados a ese punto, por nada del mundo deseaba enfadarle. Si me hubiese dicho que venia de escalar la cima del Everest, o de cruzar el océano a nado, mi respuesta hubiese sido igualmente complaciente.

Sus dos acompañantes le observaban atónitos. Pareciendo entender menos que yo. Pero Raúl no había acabado conmigo. Su afán era demostrarme a toda costa como era posible estar limpio sin tocar el agua más que para beberla. ¿Se imaginan de que manera? Como les decía, tengo el fotograma grabado en mi memoria; creo que nunca lo olvidare.

Se desabrochó el gastado jeans y con su mano izquierda se agarró los calzoncillos estirándolos de una costura para que yo los viese bien: “¡Mira! ¡Mira! ¡Blancos como la nieve! “ “¡No me he duchado en más de un año y mis calzoncillos están impolutos!” “¿Qué? ¿Es esto ser limpio? ¿Si o no?” Casi gritó. ¿Adivinan mi respuesta?

Han pasado ya unos años de aquella esperpéntica escena y con el transcurrir del tiempo la encuentro cada vez más divertida. Aunque en el momento no me lo pareció en absoluto, mas bien al contrario, como no es difícil sospechar. Lo mejor de la historia es que Raúl nunca más me utilizo como confesor particular. De hecho, no volvió a dirigirse a mí. Conducta que agradecí inmensamente, aunque otros no puedan decir lo mismo.

Seguramente, este joven, hoy día podría ganarse la vida anunciando detergentes para comerciales de televisión: “más blanco no se puede” ¿se imagina? “Lave su ropa de una vez para siempre”. ¿Sabe la pregunta que ingenuamente que me hice por mucho tiempo? ¿Cómo era posible que sin lavarse en un año largo este hombre vistiese calzoncillos inmaculadamente blancos? Bueno, confieso que aún no hallé la respuesta; aunque seguramente, como usted, la presumo.

 “¡Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera se haga limpio!” Evangelio según San Mateo (La Biblia).

 “En todo tiempo tiempo sean blancos tus vestidos y nunca falte ungüento sobre tu cabeza” Libro de Eclesiastés (La Biblia).

Por Mike Castro

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