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Archive for 19 febrero 2013

18247_442673849115880_609550695_n¿Existe una línea del tiempo? ¿Hay un principio y un fin para cada cosa? ¿Podemos científicamente cuantificar y dilucidar la esencia y la naturaleza del mismo? El mundo se nos ofrece como una realidad que cambia incesantemente y la percepción del cambio, de la sucesión o de la duración de las cosas nos sugiere la idea del tiempo. Sabemos que ha transcurrido el tiempo lectivo, el tiempo de vacaciones o el tiempo de la juventud. Es indudable que tenemos experiencia del tiempo y hasta nos atrevemos a calcularlo mediante diversos procedimientos: el curso del sol, la sucesión de los días y las noches, el desplazamiento de las agujas del reloj. Sin embargo, qué es realmente el tiempo es una cuestión difícil y compleja, pues, como decía San Agustín, “si nadie me lo pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”.

Además sabemos que, el presente es un momento volátil por medio del cual el futuro se transforma en pasado. El tiempo es la clave del modo en que lo percibimos todo. Es el tiempo lo que marca cada uno de los hechos, pensamientos y sucesos en nuestro viaje desde que nacemos hasta que morimos. Nos podemos imaginar fácilmente un universo sin color o sin luz, pero es prácticamente imposible imaginarnos un mundo sin tiempo. Sin embargo, hasta donde la física parece saber, puede que haya que imaginarse un mundo sin tiempo.

Y aunque pareciera que, la idea de que el tiempo es un modo de decir que una cosa sigue a otra como resultado de esta otra, en esta entrado bloguera, me atreveré a “divagar” sobre cuál es la clave de la verdadera naturaleza del tiempo.

Ya la filosofía griega, propensa a la reflexión sobre los más variados asuntos, abordó la temática del tiempo. De todos los filósofos griegos es, sin duda, Aristóteles el que nos ha legado la doctrina más sólida sobre el tiempo. La visión aristotélica del tiempo está estrechamente vinculada al movimiento, ya que, en su opinión, el tiempo no es posible sin acontecimientos, sin seres en movimiento. De ahí que conciba el tiempo como el movimiento continuo de las cosas, susceptible de ser medido por el entendimiento. Conceptos como “antes” y “después”, sin los cuales no habría ningún tiempo, se hallan incluidos en la sucesión temporal. Este estrecho vínculo induce a Aristóteles a definir el tiempo en su física en los siguientes términos: “la medida del movimiento respecto a lo anterior y lo posterior”. Esta definición nos revela que el tiempo no es el movimiento, pero lo implica de tal suerte que si no tuviéramos conciencia del cambio, no sabríamos que el tiempo transcurre. El tiempo aristotélico es exterior al movimiento, pero supone un mundo que dura sucesivamente y esta duración sucesiva nos permite establecer relaciones de medida entre sus partes según un “antes” y un “después”, Así surgirá el tiempo métrico, cuya estimación estará regulada por el movimiento de los astros, como el de rotación o el de traslación, o por el movimiento rítmico de aparatos de desarrollo preciso, como los relojes.

Muy distinta es la concepción agustiniana del tiempo. El carácter intimista de su filosofía induce a San Agustín a concebir el tiempo como algo desligado del movimiento y estrechamente vinculado al alma, a la vez que manifiesta su profunda perplejidad ante el tiempo al resaltar la paradoja del presente. Si decimos de algo que es presente, estamos afirmando que ya no será y que pasará al mundo de lo inexistente. El presente propiamente no es, sino que pasa, deja de ser, carece de dimensión y sólo lo podemos caracterizar relacionándolo con el futuro, que todavía no existe, y con el pretérito, que ya ha dejado de ser. El tiempo es un “ahora”, que no es, porque el “ahora” no se puede detener, ya que si se pudiera detener no sería tiempo. No hay presente, no hay ya pasado, no hay todavía futuro. Por lo tanto, la medida del tiempo no es el movimiento, no son los seres que cambian; la verdadera medida del tiempo es el alma, el yo, el espíritu. El pasado es aquello que recordamos; el futuro, aquello que esperamos; el presente, aquello a lo que prestamos atención. Pasado, futuro y presente aparecen, pues, como memoria, espera y atención.

“¿Quién puede negar que las cosas pasadas no son ya? Y, sin embargo, la memoria de lo pasado permanece en nuestro espíritu.

¿Quién puede negar que las cosas futuras no son todavía? Y, sin embargo, la espera de ellas se halla en nuestro espíritu.

¿Quién puede negar que el presente no tiene extensión, por cuanto pasa en un instante? Y, sin embargo, nuestra atención permanece y por ella lo que no es todavía se apresura a llegar para desvanecerse”.

La relatividad de Einstein trajo el nuevo concepto del espacio-tiempo, demostrando que ambas magnitudes no son más que dos caras de una misma moneda. Según esta nueva teoría de Einstein cada punto del espacio pasa a poseer un tiempo personal, desapareciendo el concepto de tiempo absoluto. Con estas ideas, Einstein llegó a la lógica conclusión de que el tiempo no fluye, y por tanto el pasado, presente y futuro no existen como tal, volviendo a un concepto tan antiguo como el tiempo imaginario en el que creía Platón.

Siguiendo la revolución de la relatividad de Einstein, podemos representar gráficamente un objeto en movimiento en el espacio-tiempo del mismo modo que lo hacemos en las tres dimensiones espaciales. La física considera que el tiempo más bien como una etiqueta, un modo de pensar sobre los sucesos y, en concreto, una relación entre los sucesos que puede ser descrita matemáticamente. Un punto por ejemplo, sucede tanto en el espacio como en el tiempo. Si tomamos dos puntos, X e Y, aunque se puede establecer entre ambos una serie de relaciones tanto espaciales como temporales, la relación espacial es muy diferente de la temporal.

El capítulo tercero del libro de Eclesiastés en Las Sagradas Escrituras también se refiere al tiempo como un suceso de acontecimientos que van precedidos de otros:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.” (Eclesiastés 3:1-8).

La Segunda Ley de la Termodinámica (cuestionada por algunos físicos en la última década) parece avalar el axioma bíblico de que todo tiene un principio y un final; una línea en el tiempo donde nada se crea ni se destruye, sino que es transformado a un espacio donde hay un tiempo predefinido para cada cosa. En definitiva, una línea temporal difícil o imposible de alterar, salvo por el mismo dictamen de su transformación en el tiempo y en el espacio.

El concepto de irreversibilidad está presente en esta realidad temporal, pero la pregunta que nos cabe hacernos en este contexto es: ¿Quién administra dicha línea? ¿Quién maneja los hilos de la física? En definitiva, ¿quién es el dueño del tiempo?

Las diferentes teorías y/o elucubraciones sobre la posibilidad de eludir el mismo; alterarlo o modificarlo son abundantes. ¿Debemos pensar en términos de predestinación? ¿Podemos hacer algo para modificar nuestro futuro e incluso mejorarlo? El caso es que, mientras algunos defienden la teoría del destino, otros se manifiestan abiertamente a favor de la teoría del caos.

¿Cómo vives tu vida? ¿Quizá pensando que lo que sucede es fruto de la casualidad? ¿Simplemente estuviste en el lugar correcto o equivocado en cada momento o existe una causa – efecto en los sucesos experimentados en el tiempo?

Yo tengo mi particular teoría sobre ello. Mantengo que el destino está entretejido en una malla de cruces de caminos. Llegar a la meta final (sea esta predestinada de antemano o no), implica tomar las decisiones correctas cada vez que nos detenemos frente a un cruce de caminos. La dirección que tomemos determinará nuestro destino, entretejido al igual que una gran malla entrelazada de finos hilos, los cuales se verán alterados una y otra vez por la sucesión progresiva de nuestros pasos.

En ocasiones tomaremos uno equivocado que nos aleje de nuestro destino final, pero siempre encontraremos otro cruce más adelante que nos ubicará frente a un nuevo acierto o desacierto.

Seguramente no podamos saber nunca quién es el dueño del tiempo, o quien maneja los hilos del mismo, pero de nosotros depende qué camino emprenderemos.

De lo que sí podemos estar seguros es que el tiempo no es algo cíclico; no es un tren que pasa dos veces por la misma estación. De nosotros depende cogerlo a tiempo.

Mike Castro

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Todavía

No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría.

palpo, gusto, escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.

Mario Benedetti

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LA GRAN LLAMA

bougie 2Dice el autor español Antonio Gala que, “el amor es una amistad con momentos eróticos.” Pero el amor con mayúsculas implica mucho más que la suma de ambos conceptos.

Las Escrituras, que son una compilación de sesenta y seis libros, escritos a lo largo de más de tres mil quinientos años de historia, y que a su vez son la base sobre la que está estructurada la ética y cultura judeo cristiana occidental en la que vivimos, contiene un libro especialmente relevante para el tema que pretendo tratar en la entrada de hoy en este Blog: El Cantar de los Cantares.

El Cantar de los Cantares es un libro incluido en el canon sagrado de libros judíos que posteriormente se aceptó como inspirado por las religiones cristianas (catolicismo y protestantismo) y fue incorporado a la Biblia. Es el único libro cuya temática es de carácter explícitamente sexual y erótico. De hecho, los judíos no permitían que fuese leído por los niños hasta que no alcanzasen la mayoría de edad.

En El Cantar de los Cantares, nos encontramos frente al concepto hebreo del amor verdadero; un viaje del ser humano, sea este hombre o mujer, en la búsqueda del mismo; sus pautas, rituales y diferentes características.

En el libro encontramos tres palabras que son traducidas al castellano como “amor”. La primera de ellas es “raya” cuya traducción a nuestro idioma sería “amigo” “compañero” “alma gemela”. Es esa persona en la cual descubrimos la atracción de la amistad; del caminar juntos o hallar las similitudes en nuestra forma de ser.

La segunda palabra es “ahava”, la cual va un poco más allá. “Ahava” es el “deseo de estar con alguien tanto, que te llega hasta doler el corazón”. Es cuando tu mente y tus emociones se concentran en la otra persona con tal pasión e intensidad que no puedes “pensar en otra cosa, sino en ella”; es cuando “prefieres estar con ella en lugar de cualquier otro lugar del universo”.

Los amantes, o la pareja, en El Cantar de los Cantares, manifiestan que “ahava” es tan fuerte como la muerte y que, aún las aguas de los ríos no podrán saciar su sed, ni apagar su fuego.

“Ahava” es amor por voluntad. Es más profundo que los sentimientos románticos fugaces. Es mucho más que un impulso temporal. “Ahava” es tomar la decisión de unir tu vida a la de la otra persona. Es una emoción que lleva al compromiso, lo cual a su vez te conduce a unir tu vida a la de otra persona. “Ahava” es lo que hace que las cosas perduren.

Ahora, pensemos en el amor en términos de unas llamas de fuego.

La primera llama, “raya”, es como la amistad, como encontrar el alma gemela en una relación de pareja.

Después tenemos “ahava” que es la llama del compromiso, que a su vez implica tomar la decisión de unir nuestra vida a la de otra persona.

La tercera palabra en hebreo para el amor es “dod”. “Dod” se traduce literalmente como “estar de juerga o de fiesta” “mecer” “acariciar”. En el libro de los Proverbios también aparece esta palabra, en el sentido de “bebamos mucho “dod” hasta el amanecer”. Incluso en El Cantar de los Cantares, se haya una cita en la que, la mujer dice: “dejen que él me bese con los besos de su boca, porque su “dod” es más delicioso que el vino”.

“Dod” es el elemento físico; lo sexual de una relación. De ahí procede la palabra griega “eros”, que literalmente se traduce como “erótico” en castellano.

Cuando un hombre y una mujer se unen, todas las llamas se combinan. Es emoción. Es corazón. Es mente. Son experiencias… Es la fusión de dos almas.

Ello se convierte en algo que va más allá de lo físico, es un acto espiritual a la vez que hermoso y poderoso; algo concebido para perdurar siempre.

¿Puedes observar una sola llama? Seguramente. Pero nunca una sola llama será tan caliente como cuando tres llamas arden juntas. El hombre y la mujer, en su relación de pareja, estamos concebidos para que esas tres llamas ardan como una sola.

Pero existen muchas maneras de estropearlo. Tomemos como ejemplo una aventura. Una aventura son dos personas que comparten la llama “dod” pero sin alguna de las otras dos llamas. Sin la “raya” o la “ahava”. Sin amistad. Sin compromiso. Sin lealtad, ni sacrificio. Hay “dod” pero no hay “raya” ni “ahava”. Son dos personas que intentan, con una sola llama (dod) obtener todo el calor de las tres llamas ardiendo juntas. Con razón la persona se queda vacía e insatisfecha. De manera que seguimos volviendo a esa misma llama una y otra vez en el intento de obtener la satisfacción de manera inútil.

Y, ¿qué hay de la pareja que lleva años de relación, siguen juntos, aún existe compromiso (ahava) entre ellos, pero seamos honestos, ya no hay nada más? No hay amistad. No hay relación sexual. Descuidan las llamas y… finalmente pierden la intensidad y se apagan…

Cuando separas las llamas, nunca puede haber satisfacción integral.

Quizá nuestra cultura no entiende como debe ser una autentica relación de pareja; como debe manejarse la sexualidad en ese contexto. Tal vez, nuestra sociedad, en cuanto al sexo se refiere, simplemente no lo entiende.

La verdadera sexualidad es inmensa y misteriosa. Te llena completamente. Está conformada por dos cuerpos, pero también hay alma y corazón. Es el amor completo de dos personas uniéndose y entregándose mutuamente para siempre. De dos personas que, al unirse y respetarse, obtienen el acceso a la puerta del amor verdadero. Una llave que abre los candados a lo espiritual y lo más íntimo. Dos personas que se dan cuenta que las tres llamas deben arder juntas.

Y que descubren… la gran llama.

Mike

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