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Archive for 20 diciembre 2012

eticaNo soy muy dado a pararme frente al televisor, los que me conocen lo saben. Sí, ya sé que algunos me consideran un bicho raro, pero no haré de mi capa un sayo por ello. Elijo otras actividades de ocio que me causan mayor placer y distracción, aunque no por eso me considero un autista televisivo; muy al contrario, en algún momento de recreo ocasional, hasta me consiento el insensato atrevimiento de concederme unos minutos de derroche frente a la caja tonta.

Y precisamente de uno de esos instantes ‘atroces’ -entiéndase la ironía- me estoy permitiendo escribir hoy, en este mi humilde blog, el cual creo que solo leo yo (en mis ratos de recreo más egocéntricos) y los pocos amigos que la vida me ha obsequiado, sin hacer excesos ni malversación alguna. Aprovecho la ocasión, a cuenta de su mención, para agradecerles su aprecio personal y la consideración de leerme. ¿Quién lo haría a parte de mi imperito ego, sino?

Prosigo con mi relato; la ocasión ‘la pintaban calva’, que dirían los castizos: una gélida tarde de invierno, la vespertina lluvia azotando mi ventana – como si quisiera contarme alguna historia que oyó a alguien por ahí, mientras golpeaba las ventanas de las casas en un intento del todo inútil, por abrirse paso y desvelar su secreto-, temperaturas de menos cero grados. En fin… uno de esos días en los cuales uno no se halla por la labor de salir a pasear o a encontrarse con los amigos. Mejor un cafetín calentito -pensé-, sentarme en mi cómodo y mullido sofá, y quizá; digo sólo quizá… con un poco de suerte (ingenuo de mi), esa tarde pondrían alguna película interesante en la televisión, que amenizaría mi tarde apesadumbrada.

De manera que, acomodado en mi sillón, con una taza de buen café en mano y bajo una cálida manta de angora, me dispuse a tomar el mando del tv en mi mano y a probar suerte con el azar de la carta televisiva taciturna.

Pocos minutos después, tras disfrutar del aromático café descafeinado, me encontré bostezando plácidamente en el particular sitio de mi recreo -que diría el desaparecido Antonio Vega-, mi sofá. Sospecho que no encontré nada interesante en lo que reparar y los ojos se me fueron cerrando poco a poco hasta encontrar relajo en una distendida y agradable siesta de invierno, mientras, el televisor zigzagueaba con su volumen al mínimo.

No acierto a recordar cuanto tiempo dormité; quizá solo unos minutos… cuando me descubrí desperezándome y abriendo mi boca cual oso al despertar de su hibernación estacional. Fijé mis ojos de manera instintiva en el televisor; en realidad lo tenía frente a mí, no era muy difícil hacerlo. De hecho, es lo que cualquiera en mi caso hubiera hecho. Reaccioné como un bebé recién nacido al estímulo de los colores o el sonido de un sonajero; cual provocación de colores y sonidos que asomaron frente a mis bostezos bajo la desprotección de un despertar repentino. Por cierto, y antes de proseguir con mi relato, he de confesar que desde ese día he descubierto que la televisión produce unos efectos analgésicos y somníferos realmente fantásticos. La recomiendo en dosis moderadas a personas con problemas de insomnio.

Y en ese estado, casi sin pretenderlo -o quizá sí, vaya usted a saber- me detuve por un largo espacio de tiempo a observar un programa televisivo que me llamó la atención. Para los ‘raros’ como yo, que no acostumbran a ver las retrasmisiones visuales de la caja cuadrada alojada en su sala de estar, les diré que se trababa de un programa testimonio. Sí, sí, ese tipo de espectáculos en vivo donde fulanito de tal o menganita de cual va, y cuenta algún suceso de su vida privada; o la de su vecino; o incluso su padre o su madre, y además lo hace frente a millones de espectadores sin pudor alguno. Siempre me he preguntado si cobrarán por ello, ¿usted no? Porque, ¿quién en su sano juicio iría a la televisión a contar las intimidades suyas o de su familia e incluso allegados frente a totales desconocidos? En fin, que esto no es relevante para mi relato, solo era un inciso. Mis amigos, me reitero, los pocos que lo son de verdad, y se atreven a leerme, en esta ocasión estarán sorprendidos por el ‘estilo’ de este post; lleno de guiones, paréntesis, lapsus entre frases; circunloquios variopintos… bueno, al menos retomo el hilo, por lo cual apelo a su benignidad y a la comprensión de mis amigos lectores.

La presentadora, con total soltura, y como si de un amigo de toda la vida se tratara, interrogaba sutilmente a un pobre hombre que se encontraba sentado en una de las sillas del plató televisivo. Con una sonrisa de oreja a oreja, y con mucha gracia y simpatía, invitaba a su invitado a relatarles al público allí presente y a las cámaras la experiencia que había llevado al sujeto a contar su historia en televisión.

El hombre contaba una historia que había vivido unos años atrás y que, según decía, le había dejado alojadas algunas dudas en su conciencia. Y, uno que oye las palabras ‘duda’, ‘conciencia’ y que por ende es curioso por natural genética, no pudo resistirse a escuchar a aquel apesadumbrado hombre.

La inteligente presentadora comenzó avisando a sus telespectadores que la historia que iban a oír esa tarde les iba a dejar perplejos; para a continuación dirigirse a su invitado y preguntarle -esta vez, creo que la única- con rostro de aparente preocupación, si era consciente que lo que iba a relatar podría tener consecuencias legales para él, dado el carácter presuntamente delictivo de su testimonio.

El hombre -desconozco si por ingenuidad o por adiestramiento previo- respondió con absoluta tranquilidad que no, debido a que el presunto delito ya había prescrito, aunque él todavía mantenía un dilema ético con su conciencia.

Fue entonces cuando escuchar su testimonio me interesó aún más. Me enderecé en mi sofá dispuesto a prestar la debida atención al relato cuando… la presentadora, regresando a su habitual sonrisa Profidén, y dirigiéndose a cámara dijo: “si quieren escuchar una historia apasionante, no se muevan de delante de su televisor ni cambien de canal; unos minutos de comerciales y volvemos con ustedes.” ¡Dios mío! ¿Cómo se escribe ‘pluff’ en un artículo? Pero, ¿cómo podía ser tan cruel semejante presentadora? Huelga decir que, los siguientes quince minutos, los dediqué a aprender que detergente lava más blanco; cual es el jamón york que produce menor colesterol; que banco no te cobra comisiones si domicilias tu nómina… ¿quieren que siga? Imagino que no.

Después del ‘didáctico’ resumen comercial, regresó la sintonía del programa; su estelar y sonriente conductora y por supuesto… los aplausos del público. El hombre de la silla comenzó por fin a contar la historia que le había llevado a sentarse en aquel asiento.

Tenía la apariencia de tener algo más de cuarenta años, y aunque algo acongojado de aspecto, se le veía muy seguro de si mismo.

De manera que, el hombre, bajo la mirada expectante del público invitado (¿cobrarán estos también por asistir a semejantes eventos o les hará ilusión que sus parientes y amigos les vean salir por la tele?), y una contemplación fingida de la presentadora del programa abrió por fin su boca…

Había sido empresario la mayor parte de su vida, era un emprendedor nato, de esos que se forjan a si mismos a base de trabajo duro y esfuerzo. Pero la crisis de los noventa pudo con él. Lo que antaño habían sido años de esfuerzo recompensado económicamente se desplomó literalmente por el trance que sufrió el país.

En aquel tiempo, contaba, tenía una pareja con la que vivía y era muy feliz. Ella trabajaba en una empresa de importación de productos de procedencia china. Él por su parte dirigía un modesto negocio e intentaba mantenerse a flote en medio de tanta inestabilidad financiera.

Ambos se apoyaban mutuamente, el trabajo y los ingresos de los dos les permitían salir a flote y llegar a fin de mes, aunque en algunas ocasiones era ella la que, en base a su sueldo fijo, tenía que aportar más a la familia y sufrir por no poder afrontar el pago de recibos del hogar que ambos compartían, lo cual provocaba tensiones que ninguno de los dos deseaba.

Un día ella llegó del trabajo muy preocupada, él ya se encontraba en casa con la comida preparada, era viernes y dado que ella no trabajaba por las tardes dichos días a ambos les gustaba almorzar juntos. Hasta hacia muy poco tiempo acostumbraban a ir a un Buffet oriental donde servían un sushi muy bueno que les encantaba a ambos, pero los últimos meses la economía de la pareja no alcanzaba para extras; de manera que él, que tenía mayor disponibilidad horaria, se adelantaba media hora antes a su casa y preparaba algún plato que sabía que le gustaba a ella. Ambos disfrutaban compartiendo una fajitas de pollo o cualquier otra cosa; lo importante era disfrutar de al menos una comida juntos los viernes.

Pero ese anticipo de fin de semana fue diferente; ella llegó muy excitada de su trabajo. Al parecer, y según le contó, a su empresa la iba a inspeccionar hacienda. Ya le había explicado en otras ocasiones que, la compañía en la que trabajaba facturaba más del ochenta por ciento en dinero negro que ocultaba a la hacienda pública a base de tejemanejes de aduanas. Hasta ahora, les había salido bien, pero se habían ‘despistado’ en algún dato que no cuadraba y hacienda les iba a hacer una inspección.

Las siguientes semanas fueron auténtica una locura para ella; continuamente le enviaba emails donde la decía que todos los empleados y sus jefes estaban frenéticos borrando datos de sus ordenadores, portátiles, eliminando cualquier residuo de facturas falsas; tratando de cuadrar una contabilidad del todo imposible de justificar. Fueron muchos los días que llegaba más tarde a casa porque debía quedarse borrando archivos que podrían llevar a la cárcel a sus jefes y cerrar la empresa.

Se sentía realmente preocupada por la posible pérdida de su empleo. A su pareja (él) le estaba costando mucho levantar su nueva empresa, y en gran parte dependían del sueldo de ella para subsistir económicamente, tanto ellos como su pequeño hijo de solo cinco años de edad.

Eran varios los correos electrónicos que le enviaba al cabo de su jornada laboral diciéndole que en ese momento se encontraba el informático formateando los ordenadores de su empresa en el temor de que recibieran una inspección policial sorpresa. Uno de los jefes de ella, les llegó a pedir incluso a varios de sus empleados de confianza, que se llevaran discos duros con toda la información de ingresos y facturación en negro de la empresa a sus domicilios personales, a fin de no perderla y mantenerla a salvo de una visita judicial.

Ella se encontraba realmente preocupada; del todo consciente que, la colaboración con aquellas acciones, le involucraría involuntariamente en el presunto delito que estaba consumando su empresa. Pero se vio forzada a hacerlo a pesar de su conciencia en el temor de perder su puesto de trabajo y su sueldo.

Poco tiempo después, su pareja, el invitado al programa y quien contaba la historia, enfrentó posiblemente la peor crisis económica en su negocio. Se vio forzado a trabajar más horas aún; incluso a no disfrutar de unas merecidas vacaciones. Él era un hombre que creía que con el esfuerzo de todo se podía salir; que haciendo su trabajo con ética y de manera legal, al final, cosecharían el éxito.

Fue entonces cuando su pareja le discutió una de sus decisiones en su trabajo y como había tratado a un cliente. Lo cierto es que, bajo la perspectiva y la experiencia de él, su trabajo había sido del todo profesional; su actitud y trato hacía su cliente muy bueno; lo calificaría incluso de excelente. Pero ella no pensaba igual.

En ese tiempo él comenzó a plantearse dónde se encuentra la ética de las personas. Hasta qué punto uno es vulnerable o maleable a determinadas circunstancias en función de si te tocan vivirlas en carnes propias o ajenas. El pobre era un mar de dudas…

Friedrich Hayek decía: “El principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación de toda moral social. En la ética colectivista se convierte necesariamente en la norma suprema; no hay, literalmente, nada que el colectivista consecuente no tenga que estar dispuesto a hacer si sirve “al bien del conjunto”, porque el “bien del conjunto” es el único criterio, para él, de lo que debe hacerse.” Pero, me pregunto, y os pregunto a vosotros mis amigos, ¿hasta dónde podemos permitirnos que la ética colectivista decida sobre la ética individual? ¿Hasta dónde podemos juzgar la ética de los demás sin hacerlo primeramente con la propia?

Jesús de Nazaret decía: “Antes de ver la paja en el ojo ajeno deberías contemplar la viga que hay en tu propio ojo”. Hace más de dos mil años de aquella mención y, en lo personal creo que tiene, seguramente hoy, más vigencia que antaño.

Paráfrasis, en sentido estricto, es la explicación del contenido de un discurso para aclararlo en todos sus aspecto. Pero, ¿se puede explicar la paráfrasis de la ética? Yo digo que sí, no sé qué pensaran mis amigos.

Mike Castro

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¿VERDAD O MENTIRA?

mentirasRecientemente he leído el siguiente cuento, titulado “El Gran Palacio de la Mentira”. Dice así:

“Todos los duendes se dedicaban a construir dos palacios, el de la verdad y el de la mentira. Los ladrillos del palacio de la verdad se creaban cada vez que un niño decía una verdad, y los duendes de la verdad los utilizaban para hacer su castillo. Lo mismo ocurría en el otro palacio, donde los duendes de la mentira construían un palacio con los ladrillos que se creaban con cada nueva mentira. Ambos palacios eran impresionantes, los mejores del mundo, y los duendes competían duramente porque el suyo fuera el mejor.

Tanto, que los duendes de la mentira, mucho más tramposos y marrulleros, enviaron un grupo de duendes al mundo para conseguir que los niños dijeran más y más mentiras. Y como lo fueron consiguiendo, empezaron a tener muchos más ladrillos, y su palacio se fue haciendo más grande y espectacular.

Pero un día, algo raro ocurrió en el palacio de la mentira: uno de los ladrillos se convirtió en una caja de papel. Poco después, otro ladrillo se convirtió en arena, y al rato otro más se hizo de cristal y se rompió. Y así, poco a poco, cada vez que se iban descubriendo las mentiras que habían creado aquellos ladrillos, éstos se transformaban y desaparecían, de modo que el palacio de la mentira se fue haciendo más y más débil, perdiendo más y más ladrillos, hasta que finalmente se desmoronó.

Y todos, incluidos los duendes mentirosos, comprendieron que no se pueden utilizar las mentiras para nada, porque nunca son lo que parecen y no se sabe en qué se convertirán.”

La mentira, en ocasiones es dolorosa, pero de seguro nadie ha muerto por ello. La sinceridad implica responsabilidad y valentía. En ocasiones mentimos para conservar a alguien a nuestro lado; no le decimos la verdad por temor a que nos abandone o cambie su percepción de quienes somos. Pero lo cierto es, que cuando somos honestos con los demás -especialmente con aquellas personas que nos importan- lo somos igualmente con nosotros mismos.

He vivido muy de cerca la historia de una mentira que duró once meses. Quizá pensamos que el amor puede con todo (y es cierto); que podemos ocultar a alguien algo muy íntimo de nuestra salud o cualquier otro aspecto de nuestra personalidad, pero tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz.

Últimamente estoy viendo la serie americana ‘Once Upon a Time” (Erase Una Vez, traducido). Es una historia de hadas y cuentos fantástica basada en un mundo alternativo que se entremezcla con el nuestro. Episodio a episodio he ido descubriendo que, tras el genial argumento de la serie, se encuentra la búsqueda de cada ser humano -hombre o mujer- del amor verdadero. Las luchas y entresijos familiares y de todo tipo que, en ocasiones, se confrontan para mantenerte junto al amor de tu vida.

Quizá la serie, de corte absolutamente romántica, no sea del todo realista en su tesis de que el amor verdadero superará cualquier prueba y que, dos personas que Dios o el destino ha unido, nada los podrá separar; ni adversidad; ni maldad; ni la magia negra o cualquier tribulación que la pareja confronte. Pero, confieso que, me resisto a negar la manifestación –para algunos, los pocos afortunados- evidencia, de que más allá de este mundo frío y en ocasiones casi gélido, hay quien creen aún en el AMOR VERDADERO, con mayúsculas.

Escribe Paulo Coelho:

El amor es una fuerza salvaje.

Cuando intentamos controlarlo, nos destruye.

Cuando intentamos aprisionarlo, nos esclaviza.

Cuando intentamos entenderlo, nos deja perdidos y confusos.

Se encuentre el escritor brasileiro acertado o no en esta particular descripción del amor, lo cierto es que el amor es una fuerza inmensa que, a algunos los conduce al abismo más profundo, mientras a otros al paraíso más hermoso.

¿Verdad o mentira? La respuesta marcará la diferencia en quien eres y cual será tu destino; porque el mismo lo decidirá tu respuesta a esta pregunta.


Mike Castro

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