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Archive for 14 octubre 2011

LA ZORRA Y LAS UVAS

Era otoño, y la zorra que vivía en una madriguera del bosque, cada noche se atracaba de ratones, que eran muy gordos en aquella época del año, y también un poco tontos, porque se dejaban cazar con facilidad.

A decir verdad, la zorra hubiese preferido comerse alguna buena gallinita de tiernos huesecitos, pero hacia tiempo que el guardián del gallinero era un perrazo poco recomendable, y había que contentarse con lo que el bosque ofrecía: ratones, ranas y algún lirón.

El caso es que una mañana la zorra se despertó con cierta sequedad en la garganta y con un vivo deseo de comer algo refrescante distinto de su acostumbrada comida. Por ejemplo, un buen racimo de uvas. Y llegaba hasta ella un rico olorcillo de uva moscatel.

“Bueno -dijo para sí la zorra-. Hoy quiero cambiar. Después de tanta carne de ratón, me sentará bien un poco de fruta.”

Y se dirigió hacia la parra cuyo aroma había percibido. Apretados racimos colgaban de ella. Había muchos, pero…

“¡Que extraño! -rezongó el animal-, no creí que estuvieran tan altos. De un buen salto los alcanzaré.”

Tomó carrera y saltó abriendo la boca. Pero, ¡qué va! Llegó a un palmo del racimo: el salto se le quedó corto. Sin embargo, la zorra no se desanimó. De nuevo tomó carrera y volvió a saltar: ¡nada! Probó otra vez a insistió en la prueba, pero las uvas parecían cada vez más altas.

Jadeando por el esfuerzo, la zorra se convenció de que era inútil repetir el intento. Los racimos estaban a demasiada altura para poder alcanzarlos de un salto.

Se resignó, pues, a renunciar a las uvas, y se disponía a regresar al bosque, cuando se dio cuenta de que desde una rama cercana un pajarillo había observado toda la escena. ¡Qué ridículo papel estuvo haciendo! Precisamente ella, la señora zorra, no había conseguido apoderarse de lo que le gustaba. Pero al punto halló lo que creyó una salida airosa.

-¿Sabes? -dijo, dirigiéndose al pajarillo-, me avisaron de que estaban maduras, pero veo que aún están verdes. Por eso no quiero tomarlas. Las uvas verdes no son un plato apropiado para quien tiene tan buen paladar como yo.

Y se fue arrogante, segura de haber quedado dignamente, mientras el pajarillo movía la cabeza divertido.

Moraleja: Algunas personas desdeñan y menosprecian lo que no pueden alcanzar…

(Editado) Atribuido a Esopo

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A LO MEJOR MAÑANA…

 

A lo mejor mañana, las rosas vuelvan a ser rojas,

Las amapolas retomen su fugaz resplandor

Y los girasoles reviertan su fruto.


A lo mejor mañana, regrese a conquistar tu corazón,

Tus ojos vuelvan a brillar como antaño

Y se refleje tu mirada en la mía.


A lo mejor mañana, se vistan los sauces de alegría,

Se llenen las calles de esperanza imprudente

Y los homicidas de amor no encuentran albergue.


A lo mejor mañana, convierta tu cilicio en risas,

Tu tristeza en una ofensiva de sonrisas

Tus lágrimas en un agua fresca y cristalina.


A lo mejor mañana, amanezca, y no me detenga,

La rosa, las calles, esperanzas, más risas…

Se conviertan en cómplices de tu alma y la mía.


A lo mejor mañana…


Miguel

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EL LARGO DESPERTAR

El agua caía de manera incesante. Parecía fundirse con el irregular adoquín que alfombraba la calle Mayor. Haciendo extraños juegos, como si quisiera embaucar a la incipiente luna, en un intento del todo vano, de fundir su reflejo con el húmedo y anquilosado empedrado, aparentando ser espejo.

El vespertino vendaval rezumaba aires de grandeza… mientras se asomaba sobre los desamparados desagües, abandonados esta vez a la triste suerte de aparentar inservibles.

No era muy tarde, pero aquella repentina lluvia de septiembre, había precipitado la recogida de la muchedumbre algo más temprano de lo habitual. Todavía podían escucharse los pasos de algunos perezosos, apresurados, a refugiarse bajo los soportales. Los barquilleros y tabaqueras fueron los primeros en poner a buen recaudo su mercancía y, hasta algún que otro desaliñado merodeador pareciera haber desistido de sus sospechosos fines. “¡Palulú a cincuenta céntimos!” “¡chicles, pipas, caramelos!”. Ecos de voces que, antojándose ya lejanos, se apagaban bajo el manto del escandaloso aguacero… mientras robaba los casi extraviados aromas de las castañas asadas y las manzanas de caramelo.

Los alicatados farolillos lucían chispeantes amparados bajo la precoz lluvia aquel atardecer. El paseo se iluminaba por momentos… centelleando las luces de los cafés que vieron abarrotados sus pequeños establecimientos en escasos minutos.

Manuel caminaba sin prisa, inmerso en sus pensamientos. Sus zapatos de ante no parecían quejarse de la alfombra húmeda elegida por su huésped. Reparó en la abarrotada vía que transitaba todos los días con dificultad y se encontraba ahora desierta. Se detuvo un instante. Sus ojos color miel se dirigieron, sin buscarlo, hacía una pareja de enamorados quienes cobijados bajo un soportal, se besaban como si fueran los únicos amantes sobre la faz de la tierra.

Aquella escena trajo a la memoria de Manuel recuerdos cercanos… regresó en si, levantó su mirada al cielo, pero tuvo que bajarla al experimentar la lluvía sobre su rostro.

Decidió seguir sus pasos, ya sin el barullo acostumbrado de la muchedumbre alrededor. La verdad, no era capaz de recordar la última vez que se aventuró bajo un cielo tan encapotado. Aunque eso no pareció importarle demasiado. De hecho, incluso le agradaba la idea de continuar su paseo libre de otros viandantes.

Manuel esbozó una sonrisa. Respiró hondo. Se abrochó el último remache de su chorreante abrigo y se decidió a seguir su camino. ¡Esa noche se sentía libre! Es como si la lluvia tuviera algo que ver con ello. Por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de ser dueño de su propio destino; libre para decidir… ¡Para empaparse! ¡Para sentir!

Aceleró sus pasos, como si de ese acto dependiera marcar un nuevo rumbo a su vida. Mientras, comenzaban a acelerarse los latidos en su pecho. ¿Se abrían puesto de acuerdo el gran Cronos y la diosa Afrodita esa noche para enjugar su lamento con lágrimas del cielo? ¡Qué soñador! Pensó.

En un abrir y cerrar de ojos, tal y como se había hecho la noche cerrada, pareció vislumbrarse en el cielo una nueva esperanza. Y como fuere que comenzase a escampar, las risas y alegres conversaciones de los paseantes, esa noche de sábado, tras los portales comenzaron a dejarse entrever.

Levantó su antebrazo izquierdo con la palma de la mano hacía arriba. -Casi no llueve- se dijo con cierta lástima, al no percibir más que unas pocas gotas humedecer su piel.

Le relajaba caminar. En ocasiones disfrutaba perdiéndose por las estrechas callejuelas de su ciudad natal. Acostumbraba a conducirse sin rumbo fijo, partiendo casi siempre de su vieja casa, en la céntrica calle Santiago, muy cerca del Palacio Arzobispal. Luego, por la Plaza de Cervantes, la Calle Libreros, Carmelitas Descalzas… todas ellas cómplices de sus paseos y pensamientos. A veces perdía el sentido del tiempo e incluso de la realidad. De niño, recordaba haber escuchado a su padre decir que salía más barato una buena meditación que un psicólogo. Y, ¡vaya si tenía razón! Cuantas veces sus largos paseos se habían convertido en su mejor terapia.

Y esta era una de esas noches en que su particular “escapada” se hacía inexcusable. Los hechos sucedidos en las últimas semanas conducían sus pisadas a tomarse un tiempo para él; para reflexionar. Para “huir” aunque solo fuese por unas horas.

Ella siempre le decía que nunca le había mostrado su ciudad, qué cuando le llevaría a Alcalá. El temporal le sobrevino caminando de Mayor hacía Vía Complutense. Allí se conservaban las antiguas murallas que protegieran de invasores a la romana Compluto, al menos así era dos mil años atrás. Desde muy niño, Manuel, se había sentido atraído por semejantes construcciones. Disfrutaba de una especial koinonia entre su espalda y aquellos milenarios ladridos de piedra. Respiraba hondo… y… dejaba que toda la fortaleza de aquellos muros de viejas piedras traspasaran su frágil cuerpo. Y aunque hacía muchos años que había abandonado tal práctica infantil, esa tarde sintió la imperiosa necesidad de conducir sus pies a ese lugar, sin pensarlo, en un deseo a todas luces irracional, ignorante del todo a los impulsos del corazón.

Cruzó la Puerta de Los Leones. Su abultada figura se dibujaba sobre el pavimento, aún mojado. La lluvia, recién dejaba de hablar. El cielo, antes cubierto, estaba dando paso ahora a un cielo rebosante de estrellas que parecerían luchar por destacar. La luna, muy alta, lucía orgullosa. Era como si una conjura de los dioses hubiera provocado tal tormenta con el único fin de acelerar sus pasos hacía ese lugar. ¿Realidad o ficción? ¡Qué más da! En realidad, eso no importaba demasiado.

Al menos para Manuel. Había despertado… de un largo sueño.

Por Mike Castro

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La neuropsicologa Kathleen Taylor explica cómo se produce la alineación del hombre maltratado y cómo podríamos poner freno a una situación que cuando se enquista tiene todos los visos de ser realmente difícil de reconducir a tiempo.

Según Taylor, la manipuladora aísla a su víctima, la aleja de sus seres queridos y de su entorno. Las creencias de la víctima, en principio, son las de siempre pero no hay nadie que las reafirme. Si la manipuladora además controla todo lo que la víctima ve, oye y piensa a través de mensajes repetidos, el aislamiento antes referido, etc…, entonces la identidad del sujeto se verá debilitada. Esto que suena tan terrorífico es bastante común en muchas parejas, ya que la mujer por sus características psicológicas y evolutivas posee un cerebro programado para el control de su hogar y su entorno familiar.

No se trata de una actitud “premeditada”, sino simplemente un modo adquirido evolutivamente para la supervivencia de su “camada”. Aquí la víctima debe identificar las primeras señales y advertir a su pareja de que su familia y sus amigos son una parte esencial, al igual que ella, de su vida y que por tanto no aceptará renunciar al contacto de con ellos.

Bien, pues una vez la víctima está debilitada la manipuladora pone en duda las creencias de la víctima, le crea incertidumbre y por tanto estrés. Nuestro cerebro nos permite resistir a influencias externas, pero es muy vulnerable a situaciones prolongadas de intenso estrés, por lo que es fácil terminar cediendo. En estas circunstancias se bloquea la capacidad del cerebro de la víctima para pararse y pensar en lo que está pasando, sino que se produce una especie de “huida hacia delante”. Por tanto si la víctima duda de sus creencias, necesita alternativas, el cerebro automáticamente busca alternativas… y allí está la manipuladora para ofrecerle nuevas creencias diseñadas a su gusto y forma.

El mensaje de la manipuladora será simple corto y constante y la víctima responderá a él sin pararse a pensar.

Identificar estas frases y ser conscientes de ellas supone sin duda un paso importante a la hora de frenar las consecuencias nefastas sobre el hombre. De por si el hombre tiene la condición de ceder y plegarse ante las exigencias de la mujer, de tal manera que transmite un sentimiento de culpabilidad en todo lo que hace. Ese sentimiento de culpabilidad a su vez es sinónimo de debilidad, y en ocasiones esta “debilidad” es aprovechada por sus parejas para hacerles daño psicológico y chantaje emocional. Creemos que hoy en día el 74% de los hombres sufren algún tipo de chantaje emocional por parte de sus parejas; depende de la capacidad de “negociación” de cada uno de ellos que ese chantaje sea anecdótico o se convierta en una fuente de futuros problemas de pareja.

Fuente: Asociación de Hombres Maltratados

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